Jesús Hernández (escritor): «Ya estamos inmersos en una Tercera Guerra Mundial»

jesus hernandez

Es escritor, de Barcelona, y tiene 49 años. licenciado en Historia Contemporánea y en Ciencias de la Información. Ahora está terminando su próximo trabajo, una historia de ficción que le “cautivó” y que se basa en un hecho acontecido en Brasil, al finalizar la Segunda Guerra Mundial: “En la colonia de inmigrantes japoneses surgió una secta de fanáticos que estaba firmemente convencida de que Japón había ganado la guerra, y se dedicó a asesinar a los que aceptaban que había sido derrotado”.

Aashta Martínez: De pequeño disfrutaba leyendo las enciclopedias de su padre. ¿Era un niño repelente?

Jesús Hernández: [Ja, ja]. No tengo conciencia de haber sido eso, era un niño muy normal. Lo que es cierto es que tenía una gran curiosidad intelectual, lo que me llevaba a buscar información sobre algún tema del que oía hablar, o simplemente a hojear enciclopedias para descubrir cosas que no sabía. Afortunadamente, he conservado esa curiosidad, lo que me ha llevado a escribir sobre temas diversos.

 A.M.: “Comencé a escribir libros cuando vi que los autores que leía demostraban, a veces, saber menos que yo”. ¿Repelente y presuntuoso?

 J.H.: Bueno, yo creo que todo escritor ha de haber pasado por ese momento, en el que piensa que puede aportar su visión y sus conocimientos a lo que hay ya publicado. Pero, para llegar a ese punto, antes uno tiene que haber leído bastante y haber acumulado experiencias, lo que incluye sobre todo viajar. Hay gente que se pone a escribir sin tener una base de lecturas, ni haber viajado, y el resultado es algo plano, simple y sin interés. No hay que tener prisa por publicar, ese momento llega con el tiempo. Uno no debería plantearse seriamente escribir un libro hasta los 35 años.

 A.M.: Obstinado sí que es, porque sobrevivió a las 24 editoriales que rechazaron publicarle su primer libro… hasta el año 2003.

 J.H.: Sí, en esos años no había prácticamente autores españoles que escribiesen sobre la Segunda Guerra Mundial, quizás por complejo ante los anglosajones, que parece que sí que pueden escribir todo lo que quieren sobre la historia de España. Pero no me desanimé y traté de publicar, con el resultado que dices, que nadie quería publicar mi libro. Al final, me lo autoedité y comencé a dejarlo en depósito por librerías de Barcelona, no sin tener que ponerme antes muy pesado para que me lo permitieran, ya que eso no es habitual. Pese al escepticismo inicial, al poco tiempo los ejemplares se agotaron y me llamaron de las librerías para que les llevase más. Después, un editor se fijó en mi libro y me ofreció publicarlo. Y hasta hoy, en el que se publican en una docena de países y se traducen a varios idiomas.

 A.M.: ¿En qué momento decidió cambiar la crónica futbolística por la del horror de la Segunda Guerra Mundial?

 J.H.: Entré en el periodismo deportivo con mucha ilusión, en el diario barcelonés El Mundo Deportivo, que gozaba entonces de cierto prestigio. Pero pronto me di cuenta de que aquello era como la prensa del corazón, en vez de periodismo más o menos serio. Si no había noticias, había que inventarlas, y además no se valoraba la creatividad. Escribía un titular ingenioso, del que estaba muy orgulloso, y al día siguiente veía que el redactor jefe me lo había cambiado por otro ramplón, y sin decirme nada. Allí sentía que mi talento, fuera poco o mucho, estaba siendo desperdiciado.

En cambio, escribiendo un libro tienes libertad total, además de que realizas una labor divulgativa y, por qué no, de un cierto valor social. Por ejemplo, hay un colegio en Perú que organiza el curso de historia siguiendo la lectura de mis libros, y los alumnos están encantados. Pasarán años y mis libros seguirán rodando por ahí, en casas, librerías, bibliotecas o mercadillos, mientras que lo que publiqué en el periódico imagino que sirvió para cubrir algún suelo recién fregado. Por tanto, no hay color.

 A.M.: En su último libro, Bestias nazis. Los verdugos de las SS, habla de algunos de los criminales más sanguinarios de la historia. ¿A quién le daría la medalla de oro?

 J.H.: Bueno, después de Bestias nazis he publicado Los magos de Hitler, sobre la represión que sufrieron los que se dedicaban a la videncia bajo el Tercer Reich, y la paradójica utilización que los nazis hicieron de ellos, y Pequeñas grandes historias de la Segunda Guerra Mundial, sobre episodios sorprendentes y poco conocidos del conflicto. Martin Sommer era un auténtico psicópata, sin duda era el nazi más sádico y cruel, lo que ya es decir. En el libro describo sus torturas, pese al riesgo de caer en el efectismo, pero creo que el lector tiene derecho a saber de lo que ese loco era capaz. Conocemos el caso de Sommer, pero seguro que habrá muchos más casos como el suyo, en otros tiempos y lugares, de los que no sabremos nunca nada.

 A.M.: Habla también de guardianas como Dorothea Binz, Maria Mandel o la propia Irma Grese, todas ellas en torno a los veinte años de edad. ¿Cómo llega una persona joven y aparentemente ‘normal’ a convertirse en un sádico asesino?

 J.H.: Esta es una cuestión muy interesante, y controvertida. Se han realizado estudios, como el famoso experimento de Milgram en los años sesenta, que demuestran que una persona normal, en una situación en la que se le ordena causar daño a una víctima, puede vencer su resistencia inicial y acabar actuando de ese modo, e incluso obtener cierto placer haciéndolo.

Durante la guerra, fueron muchos los hombres y mujeres normales que acabaron participando activamente en crímenes, y que tras la contienda se reincorporaron a la sociedad sin problemas. Pero eso también ha sucedido más recientemente en la guerra de Yugoslavia, lo que lleva a plantearnos la inquietante cuestión de cuántos de nosotros actuaríamos de ese modo en una situación determinada.

A.M.: En los campos de concentración se prescribía ese tipo de comportamiento. ¿Era un requisito para poder trabajar con las SS?

J.H.: Aunque resulte difícil de creer, en teoría estaba prohibido que los guardianes actuasen contra los internos con crueldad gratuita. Se pretendía que se aplicasen los castigos con frialdad, sin apasionamiento. Evidentemente, esa regla no era respetada y se hacía la vista gorda. Lo que contaba era el resultado, que era que los internos obedecieran. Es una más de las contradicciones de los campos de concentración nazis.

A.M.: Le oí decir que los experimentos que los nazis hicieron con humanos son una broma al lado de los que llevaron a cabo los japoneses en China…

J.H.: Sí, los japoneses hicieron experimentos médicos aún más terribles que los nazis. Los realizaba el llamado Escuadrón 731. Se probaron armas biológicas, se realizaban vivisecciones… También se probaba sobre humanos el efecto de granadas, lanzallamas, etc. En este caso, al revés que con los nazis, los norteamericanos no actuaron contra sus miembros, ya que aprovecharon los resultados de sus estudios, al estar interesados en los efectos de las armas biológicas.

A.M.: ¿Cree que estamos ante el comienzo de una Tercera Guerra Mundial?

J.H.: Exagerando un poco, diría que ya estamos inmersos en ella, pero no nos hemos enterado todavía. Más que una guerra convencional, creo que nos espera un agravamiento de la actual ‘guerra líquida’, por así decirlo, ante la que Occidente se encuentra desconcertada, pero en la que otros se encuentran muy cómodos. Occidente posee una enorme fuerza militar, pero que se revela inútil, al no saber dónde ni cómo aplicarla. Igualmente, el enorme peso de la opinión pública en los países occidentales, mayoritariamente contraria a la guerra, hace que ese recurso a la fuerza resulte muy problemático. Asistimos entonces a la paradoja de una gran fuerza militar que no puede ser empleada; los enemigos, en cambio, disponen de una pequeña fuerza militar pero que pueden emplear sin ninguna restricción. Ahora vamos a ver si Rusia, que no se encuentra limitada por esos condicionantes, puede conseguir algún resultado.

A.M.: ¿Qué esperanza de vida tiene el libro físico?

J.H.: Creo que se va a dar una convivencia entre los dos formatos, el libro físico y el electrónico. Yo, por ejemplo, los libros que considero de fondo de biblioteca, y que sé que voy a releer o consultar, los compro en papel, en tapa dura, mientras que las obras más ligeras, como las novelas, las leo en ebook. En todo caso, creo que leer libros va a a ser una actividad cada vez más minoritaria; sólo basta dar un vistazo en el autobús o el metro, todo el mundo está con su smartphone y casi nadie lee libros, sea físicos o ebooks, o periódicos.

Los más jóvenes, que ya son nativos digitales, buscan todo en internet, y el libro debe parecerles algo del pasado. Y algo de razón tienen. La información de toda una biblioteca personal cabe en un pendrive; no tiene sentido guardar en casa kilos y kilos de papel y cartón. Las mudanzas que he hecho han sido una pesadilla por culpa de eso, y de hecho tengo guardados mis libros en lugares tan inverosímiles que alguna vez he tenido que volver a comprar un libro, sabiendo que lo tenía, porque lo necesitaba y no lograba encontrarlo. Habrá que ir aceptando que el libro físico nunca volverá a tener la aceptación que tuvo, pero no creo tampoco que desaparezca como tal, al menos a medio plazo.

 

 

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