Capítulo XII: El camino a la verdad

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Los sucesos que siguieron al suicidio de Alberto Aguilar fueron los habituales en aquellos casos en que el responsable de un crimen admitía su culpabilidad. La autopsia realizada al cadáver demostró que Alberto había ingerido una alta dosis de somníferos, posiblemente robados a su hermana; la carta de despedida fue examinada minuciosamente por un grupo de expertos grafólogos que confirmaron que, en efecto, aquella misiva había sido escrita de puño y letra por el fallecido; y la policía científica había hallado restos de sangre pertenecientes a Cristina Nieto en el coche de Alberto. Además, John había logrado encajar una última pieza en aquel díscolo puzle que, días atrás, apenas tenía sentido. El dinero que Cristina recibió procedía de la cuenta corriente de Alberto Aguilar. Así lo confirmaban las retiradas en efectivo que el padre de Teresa había realizado en dos ocasiones y que concordaba con el dinero que Cristina Nieto había recibido y posteriormente mandado a su amante en Cuba. No obstante, se había producido una tercera retirada de dinero que ascendía a los cinco mil euros, una cantidad que fue ingresada nuevamente en el banco dos días después de la muerte de Cristina. ¿Por qué?

Por otro lado, con aquel giro de los acontecimientos, al fin podía quedar explicado el por qué Cristina conocía el nombre y dirección de Teresa Aguilar. Pero, desafortunadamente, aún había algunos interrogantes a cuya respuesta John había sido incapaz de llegar: ¿qué papel jugaba Mario González en aquella historia? ¿Por qué habría ido el alcalde a visitar a Adelaida Martínez al geriátrico? ¿Había presenciado Leonor la discusión que la tía Clara había oído entre su hermano y Cristina Nieto? Y, lo que era aún más importante, ¿por qué mató Alberto a Cristina? Era la primera vez en su larga trayectoria en la que el inspector jefe de policía John Mackenzie lograba encontrar al asesino mucho antes de establecer el móvil del crimen. Y aquello era algo que realmente lo desconcertaba, hasta el punto de impedirle conciliar el sueño.

Aquella mañana, John se había despertado a las cinco de la madrugada pero decidió quedarse en la cama un rato más. Pasaban unos minutos de las siete cuando se levantó y bajó al piso de abajo. Se preparó un café y al poco se reunió con él Olga.

              —John, deberías descansar. Olvídate ya de la muerte de Cristina Nieto. Que Alberto haya sido el culpable y su trágica muerte nos ha pillado a todos por sorpresa, pero debemos continuar con nuestras vidas y tratar de olvidar lo sucedido.

            —Hay algo que aún no termina de convencerme del todo, Olga. Sé que hay algo que se me escapa de las manos, algo evidente que, aun teniéndolo frente a mis narices, soy incapaz de ver. Si tuviera al menos alguna pista sobre ese algo.

            Olga puso los ojos en blanco, en señal de que por más que aconsejara a su marido olvidar todo aquel caso, él no se daría por vencido. Era tan obstinado que nada ni nadie podría lograr hacerle cambiar de parecer.

            —Aquel día después del crimen, cuando fuimos a interrogar a Teresa —prosiguió John—, debí haberme dado cuenta de que Alberto escondía algo. ¡Fuimos muy estúpidos al no percatarnos de lo ocurrido! Estábamos buscando un misterioso coche, el coche que Jeremías decía haber visto aparcado frente a la estación, el coche del asesino. Y aquella tarde, Alberto se encontraba limpiando su coche en el garaje. ¡Cómo no hicimos la conexión necesaria para sospechar ni siquiera un poquito!

Olga recogió las tazas de café y las colocó en el fregadero. Regresó a la mesa junto a su marido y trató de animarle.

            —No te lamentes por ello, John. ¿Cómo te ibas a imaginar tú que Alberto era el asesino? Lo que me parece muy sospechoso, John, es que, según me dijiste, Teresa se encontraba con él limpiando el coche. Me parece muy raro que Teresa no se hubiera dado cuenta de que había restos de sangre en el coche.

Aquella oportuna observación de Olga hizo que un destello de luz asomara en los ojos de John. Olga tenía razón. Si Teresa estaba ayudando a su padre a limpiar el coche, era muy posible que hubiera visto que el coche estaba manchado de sangre. Aquello era algo muy significativo. De repente, un torrente de preguntas y un sinfín de posibilidades comenzaron a llegar a la mente del inspector. ¿Y si Teresa Aguilar estaba implicada de alguna forma en aquel crimen? Técnicamente, ella no pudo haber matado a Cristina pues, cuando esta fue herida de muerte, Teresa se encontraba en el tren. Además, las cámaras de vigilancia de la estación daban a Teresa una coartada muy potente. Sin embargo, aquello no quería decir nada. Él mismo sabía por experiencia propia que, en numeras ocasiones, la persona con una coartada más sólida podía llegar a ser la culpable del delito. John chasqueó la lengua con pesar pues, una vez más, había llegado a Teresa Aguilar. Por más que avanzaba en la investigación, siempre se topaba con aquel nombre, lo cual indicaba que nada podía suceder por casualidad y que Teresa Aguilar estaba relacionada de una forma u otra con la muerte de Cristina. Si pudiera averiguar cómo. John volvió de su mundo de suposiciones y conjeturas y retomó la conversación con Olga que, en todo aquel rato, no había dejado de hablar.

            —Me da mucha lástima esa familia, John. Leonor está destrozada, inconsolable. Y la tía Clara se siente culpable, pues eran suyas las pastillas que han causado la muerte de su hermano. De algún modo se siente responsable. Y la pobre Teresa. Quedarse sin padre justo ahora. Hoy que es su cumpleaños. Qué recuerdo tan amargo.

Tras el desayuno, John se vistió y, en compañía de Carlos, se presentó en la casa de Jeremías que había recibido el alta la tarde anterior. El anciano, con una venda cubriéndole la cabeza los recibió, aunque esta vez, la efusividad y ganas de hablar que tanto lo caracterizaban habían desaparecido por completo, tal vez por el miedo de haber estado al borde de la muerte.

            —No, inspector. En absoluto. Estoy totalmente convencido de que la persona que me atacó no era Alberto Aguilar.

            —Eso es imposible —manifestó Carlos con incredulidad—. Alberto lo atacó porque se vio amenazado de que usted supiera más de la cuenta y lo pusiera al descubierto. Tiene que estar equivocado, Jeremías.

            —Le digo que no fue él —insistió con rotundidad el anciano.

Durante algo más de diez minutos, la conversación consistió en un tira y afloja entre Jeremías y la policía sobre quién pudo haber golpeado a Jeremías. Sin embargo, Jeremías se negó en redondo a decir todo cuanto sabía. Creía tener una ligera sospecha acerca de quién intentó asesinarlo pero tenía miedo y no quería exponer su vida una vez más. John y Carlos abandonaron la casa de Jeremías con un desconcierto tal que fueron incapaces de pronunciar palabra durante largo rato.

            —¿Y si hubiera un segundo asesino? —se atrevió a proponer Carlos, consciente de la locura de aquella sugerencia. Sin embargo, aquella era una idea que ya se le había pasado por la cabeza a John, pero que prefirió guardarse para sí mismo, al menos de momento. Recordó la conversación mantenida esa mañana con Olga y su observación de que tal vez Teresa se hubiera dado cuenta de la presencia de sangre en el coche de su padre. Aún no lo sabía, pero John era consciente de que tenía que demostrar que Teresa Aguilar estaba implicada de alguna forma en la muerte de Cristina. Siempre habían concedido poca credibilidad a las palabras de Jeremías pero, aquella vez, él creía al anciano cuando decía que no fue Alberto quién intento acabar con su vida.

Nada más llegar a su despacho, su secretaria le dijo que Rita Velasco, la directora del centro en que se encontraba Adelaida Martínez, lo había llamado en repetidas ocasiones. No tardó ni dos segundos en establecer comunicación con la mujer que lo urgía a visitarla cuanto antes. Tenía algo importante que decirle. Sin más demora, tomó sus cosas y se encaminó raudo a la estación donde tomó, en el andén dos, el primer tren rumbo a la ciudad.

Durante el trayecto, John repasó mentalmente la conversación mantenida con la madre de Cristina. Dos hechos le llamaban la atención: el primero, la extraña vinculación de Mario con Adelaida. ¿Por qué el alcalde la visitó y, sobre todo, por qué este negaba su relación con ella? El segundo hecho era aún más singular. En medio de sus desvariaciones, Adelaida había hecho mención a un hijo perdido, a un hermano de Cristina, un hermano cuya ausencia Cristina no parecía sentir lo más mínimo. ¡Maldita sea! ¡Cómo no había concedido más crédito a esas palabras de Adelaida! Había pensado que aquello era un delirio más de la anciana cuando, tal vez, se trataba de la clave para resolver aquel enigma. ¿Y si Mario González era ese hermano perdido de Cristina Nieto? Sea como fuere, John ansiaba que Rita desvelara sus dudas en aquel momento.

            —Me alegra que haya venido tan rápido, inspector —dijo Rita Velasco tendiéndole la mano al policía—. Estoy algo confusa por lo sucedido. ¿Recuerda que le dije que tras la muerte de Cristina Nieto había venido un tal Mario González a visitar a Adelaida? Desde luego, no era la primera vez que la visitaba, ya lo había hecho con anterioridad. Pero él siempre me dijo que se llamaba así.  Y me mintió.

El rostro de John se contrajo en una mueca de sorpresa. Rita cogió un periódico y lo puso delante del policía. En él, como en todos los periódicos locales, se daba información detallada acerca del asesino del andén dos. Una fotografía de Alberto presidía el texto.

            —Es ese hombre quien venía a visitar a Adelaida. Alberto Aguilar. No me explico por qué jamás dio su verdadero nombre.

John trató de conservar la calma y mantener la compostura ante aquel nuevo giro de los acontecimientos. Ahora resultaba que fue Alberto Aguilar, el asesino, el que guardaba desde hacía tiempo relación con Cristina Nieto. Eso explicaría por qué Alberto le dio el dinero que Cristina necesitaba.

            —Pero aún hay más —continuó la directora—. He descubierto estas fotografías antiguas entre las pertenencias de Adelaida.

John observó con atención aquellas fotografías. Tendrían, calculó, al menos treinta años. En ella pudo reconocer a Cristina Nieto y a Alberto Aguilar. Un tercer rostro llamó su atención. Desde luego aquella persona había cambiado muchísimo con el paso de los años pero no cabía duda de quién era. Además, vio algo que había pasado por alto: ¡Cristina Nieto estaba embarazada!

John pidió a Rita ver a Adelaida pero recibió una negativa rotunda, alegando que la paciente se encontraba muy alterada y que, por tanto, no sería lo más conveniente para ella. John aceptó la negativa y se marchó del lugar. En lugar de tomar un tren, esta vez cogió un taxi. Necesitaba llegar sin demora alguna al pueblo cuanto antes. Cuando se apeó del taxi, frente a la jefatura de policía, entró como un huracán en el edificio. Sorprendido, Carlos se reunió con su jefe en su despacho. John buscaba como loco algo. La autopsia de Cristina Nieto. ¡Qué gran error fue el no haber leído con atención la autopsia de Cristina desde el primer momento! ¡Se habrían ahorrado tantos quebraderos de cabeza! Carlos observó con creciente nerviosismo a John leer con avidez aquellos papeles.

            —¡Lo tengo! Tengo la prueba definitiva que demuestra que Cristina estuvo embarazada. Dio a luz por cesárea el día 3 de octubre de 1981. Y dime, Carlos, ¿qué día es hoy?

            —Hoy es 3 de octubre —respondió Carlos desconcertado.

John comenzó a reír como un loco homicida, lo cual hizo que el desconcierto de Carlos fuera en aumento, pues el joven policía no entendía nada de lo que estaba sucediendo.

            —¿Y quién cumple años hoy 3 de octubre, Carlos? Teresa Aguilar, la hija que Cristina Nieto regaló a Alberto y Leonor hace 34 años.

Los eventos que vinieron a continuación se sucedieron con total normalidad. El hijo perdido del que hablaba Adelaida Martínez no era otro que Teresa Aguilar y Adelaida, en su enfermedad, lo confundía como propio. Leonor tardó solo unos segundos en descomponerse y acabar confesando ser la autora del crimen del andén dos y de intentar acabar con la vida de Jeremías Alcázar. Cristina, Alberto y ella siempre habían sido muy amigos desde la adolescencia, tal y como se podía ver en la fotografía que Rita le había enseñado a John.  Alberto siempre profesó por Cristina un gran amor pero este sentimiento jamás fue correspondido por Cristina. Cuando Cristina quedó embarazada de un hombre que la abandonó y jamás volvió a dar señales de vida, esta quiso deshacerse del niño, pero Alberto y Leonor, que por entonces comenzaban una relación, le propusieron criar al niño como su hijo propio. Cristina aceptó. Alberto y Leonor se casaron y, cuando Cristina dio a luz, se marcharon con Teresa a aquel pueblo donde nadie los conocía y donde nadie podría cuestionar que aquel bebé de mejillas sonrosadas no fuese, en realidad, hija suya. La tía Clara jamás sospechó nada de lo sucedido pues, por aquel entonces, vivía con su marido muy lejos de allí.

Alberto y Leonor criaron a Teresa, a quien jamás le faltó nada. Sin embargo, la existencia de Teresa no fue suficiente para que el matrimonio alcanzara la felicidad pues, a pesar del paso de los años, Alberto aún seguía amando a Cristina Nieto. Aunque Leonor siempre lo supo, trató por todos los medios que su marido la olvidara e intentara ser feliz a su lado. No lo consiguió. Su odio hacia Cristina fue en aumento. Por ello, cuando muchos años después Cristina se puso en contacto con ellos para pedirle dinero a cambio de no desvelarle a Teresa que ella era su verdadera madre, Leonor vio la ocasión ideal de perpetrar aquel crimen y vengarse de la mujer que le robó la felicidad. Con toda la frialdad que fue capaz de reunir, fue Leonor quien convenció a Alberto de que tenían que darle a Cristina el dinero que pedía. Por nada del mundo Teresa debía saber cuál era su origen. Sufriría mucho. Alberto se dejó llevar por los planes de su esposa y, en dos ocasiones, dieron a Cristina el dinero que pedía. De más estaba decir que la ambiciosa mujer jamás se preocupó por el destino que su propia hija pudiera haber corrido. Solo le interesaba obtener el dinero que necesitaba para reunirse con su amante en Cuba.

Fue aquella tarde de finales de septiembre cuando Leonor culminó su venganza. Cristina regresó al pueblo por tercera vez para pedirles dinero, esta vez una cantidad muy inferior. Aquella vez la citaron en su casa. Leonor se encargó de eliminar a posibles testigos y sedó fuertemente a la tía Clara para que no se percatara de la visita de Cristina. Durante largo rato, discutieron acaloradamente. Aquella conversación fue un cruce de reproches por parte de Leonor, quien recriminaba a Cristina el haberle robado la felicidad. Tras la discusión y, tras haber dado a Cristina el dinero, Alberto se ofreció a llevarla a la estación. Cristina aceptó y se marchó con él en coche. Leonor los siguió a pie y pudo verlos aparcados frente a la estación. En ese momento, había desistido de sus planes pero, al ver cómo su marido besaba a su rival, un ataque de celos se apoderó de ella, abrió la puerta del coche y apuñaló a su enemiga a quien dejó moribunda en el suelo. Antes de marcharse del lugar del crimen, Leonor le quitó a Cristina el dinero que poco antes le había dado, un dinero que volvería a ser ingresado en su cuenta de banco. Ya nunca más volvería a chantajearlos. A partir de ese momento, Leonor trató de ocultar la autoría del crimen, indicando a su marido cómo debía actuar para no ser descubiertos. Todo habría salido a pedir de boca si Alberto, preso de los remordimientos por haber sido cómplice de algo tan atroz, no hubiera ido a visitar a Adelaida Martínez para pedirle perdón por lo que había sucedido. De no haberlo hecho, tal vez John jamás habría atado cabos y relacionado a la familia Aguilar con Cristina Nieto. Como Jeremías Alcázar parecía ser una amenaza, pues durante días repitió hasta el cansancio que Cristina había estado en el pueblo en dos ocasiones más, Leonor trató de acabar con su vida para evitar que hablara más de la cuenta. Y, precisamente, aquella noche, Leonor comenzó a recibir el castigo por lo que había hecho: su único y verdadero amor, el hombre por el que lo había dado todo y que jamás supo corresponderle como ella hubiera deseado, decidía poner fin a sus días, no sin antes realizar un último acto de generosidad y culparse de la muerte de Cristina Nieto.

«A mi abuelo, porque esta historia surgió una mañana de octubre en la que fui a visitarte»

C. Gumedi

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