Rosa Montero (escritora): «Estuve en años difíciles, a un tris de perderme»

Tiene 65 años y es, sin duda, una de las escritoras y periodistas más reconocidas de nuestro país. Me comenta que se encuentra ilusionada, terminando una novela: «Contemporánea, nada que ver con mis novelas futuristas de Bruna Husky». Y confiesa que, cuando no está trabajando, aprovecha para disfrutar de sus principales aficiones, «la música, leer, los animales, los amigos, el cine, pasear por el monte o por el campo, las exposiciones, la opera, el teatro; lo normal, vaya».

Aashta Martínez: En su último libro, la protagonista es una detective que se enfrenta a una trama de corrupción internacional. ¿Encuentra inspiración en el pan nuestro de cada día?

Rosa Montero: La verdad es que no.  Quiero decir que, con el periodismo, hablas de los árboles, es decir, de las cosas que ves cada día. Pero con las novelas intentas hablar del bosque, es decir, de una verdad y una realidad mucho más profundas. Intentas hablar de la condición humana, y en cualquier caso no de los casos de corrupción que ves hoy, sino de qué hay en el corazón de los humanos para que tantos tiendan a la corrupción desde el principio de los tiempos.

A.M.: Tiene fama de buena entrevistadora…

R.M.: Sí, sé que soy buena entrevistadora y sé que hablan del método Rosa Montero, que no tengo ni idea de cual es. Mi único truco era la empatía, la curiosidad, el verdadero interés por conocer un poco a la otra persona. Hace tiempo que no hago entrevistas, me harté. He hecho demasiadas.

A.M.: ¿En qué más es usted una fuera de serie?

R.M.: Soy una fuera de serie en la amistad, [risas]. Que tiene que ver con la empatía que decíamos antes. Creo que mi mayor logro en mi vida son mis amigos. Lo digo totalmente en serio.

A.M.: También escribió Instrucciones para salvar al mundo. Yo veo la cosa negra. ¿Podría darle unos consejitos a los que tienen la vara de mando?

R.M.: El libro lo que venía a decir era que el mundo no se puede salvar globalmente, pero que sí puedes cambiar y mejorar tu mundo. Tu entorno. Que hay que esforzarse por ser ético, justo, empático y buena persona.

A.M.: ¿Sigue viendo a Podemos como ‘un partido de políticos chulescos que añoran el autoritarismo’?

R.M.: ¿Quéeeee? Chulos sí que me parecen los dirigentes, desde luego, creo que lo han hecho fatal y por eso han bajaron en esperanza de voto antes de las elecciones. Pero no creo haber dicho jamás lo del autoritarismo, porque no me siento nada identificada con eso. Y además he votado a Carmena, que tenía detrás un conglomerado de fuerzas entre las que estaba Podemos. Podemos ha hecho mucho bien al dar una estructura de partido a toda la rabia y las críticas que tantos sentíamos y aún sentimos frente a la situación. Pero han caído en las mismas actitudes que los partidos que denostaban y eso aún antes de alcanzar el poder: sentir que no deben dar cuentas ni explicaciones a nadie, no contestar ninguna pregunta verdaderamente crítica, no explicar ni asumir sus meteduras de pata, en fin. La chulería de la que hablábamos.

A.M.: ¿Le seduce más Rajoy entonces?

R.M.: No me seduce nada Rajoy, y que volviera a salir el PP me parecería trágico.

A.M.: “Me fascina el mundo canalla”. ¿Desde cuándo es usted una macarrilla?

R.M.: Fui una adolescente muy rebelde, una joven muy rebelde, estuve en años difíciles a un tris de perderme, me salvó mi instinto de supervivencia. Y de todas maneras cuando dije esa frase me refería más a un interés humano, intelectual, emocional. El mundo canalla es mucho más auténtico que el maquillado mundo convencional de clase media, digamos.

A.M.: Dice que lo de cumplir 60 es aniquilador. ¿Se siente mayor?

R.M.: Me encanta la vida, la disfruto de manera apasionada y detesto cumplir años porque cada vez te acercas más a la muerte. No me siento nada mayor; como decía Oscar Wilde, lo malo no es que envejezcas, lo malo es que no envejeces. Es decir, por dentro te sigues viendo joven y cada vez hay una fisura mayor con la realidad. Yo por dentro sigo teniendo treinta años o quizá doce.

 A.M.: ¿Cómo le explicaría al Papa Francisco que es usted una religiosa en el sentido ateo y espiritual?

R.M.: Cuando  reivindico lo del sentimiento religioso me refiero a la raíz de la palabra, a ‘religare’, a unirse con el todo. Ese impulso supraindividual que sentimos los humanos, esa necesidad de algo mayor que nuestras pequeñas vidas, la comunión con los otros seres vivos, la identificación con el universo entero, en fin. Los orientales llaman a esos momentos místicos el ‘satori’, los psiquiatras los llaman ‘momentos oceánicos’. Pero forma parte de algo absolutamente esencial en la identidad humana, ese ansia de más, ese afán de trascendencia. Y eso no se lo hemos pedido prestado a las religiones, sino que, por el contrario, las religiones han nacido, es decir, han sido inventadas por nosotros, justamente para llenar o responder a esa ansia. A mi me parecen perfectas las creencias de cada cual, siempre que no las impongan sobre los demás y tengan claro que es algo íntimo y suyo. Y lucharé para defender esos derechos religiosos. Pero la Iglesia, como estructura de poder, me parece muy reaccionaria. El Papa Francisco está haciendo cosas interesantes. Pero la Iglesia sigue siendo tremenda.

A.M.: Siempre se ha mantenido al margen de la ambición profesional. ¿No es fácil afirmar algo así cuando se es un escritor de éxito y se ha logrado que su obra sea traducida a más de veinte idiomas? Parece que la educación está muy orientada a la competitividad desde que somos bien pequeños…

R.M.: Tanto como mantenerme al margen…. Es muy difícil escapar de esa presión de competencia y de carrera incesante hacia el éxito, que es un lugar imaginario e inalcanzable. Es cierto, absolutamente cierto, que siempre he intentado regirme más por la felicidad, que siempre he dirigido mi vida por el deseo de vivir el momento con intensidad, más que por un proyecto hacia no se sabe qué triunfo abstracto y absurdo. Pero sí, sí, tienes toda la razón cuando hablas de lo de educarnos para ser competitivos y de esa presión del entorno. De hecho, tienes que hacer una especie de gimnasia mental diaria para intentar contrarrestar esas fuerzas tenebrosas, [risas]. Las fuerzas del Lado Oscuro.

A.M.: Lo de no callarse lo que piensa, ¿le ha dado algún quebradero de cabeza?

R.M.: Sí, sí. Muchos quebraderos. He pasado momentos muy amargos, personalmente. Por ejemplo, en la segunda legislatura de Felipe González, cuando empezó a emerger todo lo del Gal, incluyendo los asesinatos o las torturas en edificios oficiales del gobierno, todo ese horror (que ahora está probado, juzgado y condenado). Yo empecé a criticar todo eso en mis artículos mientras el gobierno intentaba ocultarlo y mientras una gran parte de la progresía española colaboraba en ese ocultamiento, porque los prejuicios hacían que no se molestaran en analizar los datos sino que simplemente los rechazaban y se ponían agresivos con los críticos. Fue muy duro, de verdad. Durísimo. Gente que antes era medio amiga me dejó de hablar, cosas así. Luego, muchos años después, cuando todo eso se juzgó y condenó, se les olvidó que habían estado apoyando ciegamente.

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