Capítulo VIII: La desconcertante declaración de Adelaida Martínez

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Las últimas palabras pronunciadas por Fernando Iglesias lo habían dejado tan intrigado que no pudo resistir la tentación de dirigirse inmediatamente a aquella residencia de ancianos donde se encontraba internada la madre de Cristina Nieto. ¿Qué era aquello tan inquietante que la señora le había repetido a Fernando? ¿Sabría aquella mujer algo que pudiera conducirle a alguna valiosa pista? ¿Hasta qué punto Adelaida Martínez podría estar relacionada con la muerte de su hija? Todas aquellas preguntas hicieron que John sintiera un arrebato de optimismo que, desafortunadamente, tardó solo unos segundos en esfumarse pues, a fin de cuentas, la persona a la que se disponía a visitar padecía Alzheimer y, por tanto, era muy probable que su testimonio careciera de toda validez. Sin embargo, John quería jugar aquella última carta antes de abandonar la ciudad y, en menos de veinte minutos, se encontraba en la recepción de la residencia de ancianos.

Una mujer cincuentona, de aspecto macilento y pelo canoso recogido en una horrible trenza, lo recibió. Era la directora de aquella clínica. La mujer, que se presentó con el nombre de Rita Velasco, se mostró muy amable con John y dispuesta a colaborar. Por supuesto, lo autorizaría para que pudiera visitar a Adelaida.

            Lo único que  le pido es que no la altere. Debido a su enfermedad, esto es algo que puede ocurrir muy a menudo. Lamentablemente, dudo que pueda sacar algo en claro. Aunque su enfermedad no está aún en un estado muy avanzado, sí es cierto que la paciente presenta episodios muy incoherentes, cada vez con más frecuencia. Solo en muy pocos momentos despierta en ella algo de lucidez y vuelve a ser la señora cuerda y segura de sí misma que fue algún día.

            ¿Conoce la noticia de que su hija ha sido asesinada?

            Precisamente a eso me refiero. Justamente la visitó ayer ese hombre para informarle de tan trágico suceso. Y, desde entonces, no ha dejado de decir disparates. Pobrecita.

            ¿De qué hombre está hablando? preguntó John, imaginando que tal vez la directora de la clínica se estaba refiriendo a Fernando Iglesias. Pero, cuando le preguntó si se trataba de aquel hombre, Rita negó con la cabeza.

            Para nada. Ese señor hace ya algún tiempo que  no la visita. Me refiero a un caballero muy bien parecido que jamás había venido a visitarla pero que se veía muy afectado por la muerte de Cristina.

            ¿Sería tan amable de darme el nombre de esa persona? preguntó John respirando profundamente para evitar ser descortés con Rita. Tanta palabrería lo abrumaba sobremanera.

La mujer guardó silencio unos segundos tratando de recordar el nombre del misterioso visitante.

            Se llamaba Mario González.

            ¿Mario González? ¿El alcalde del pueblo? ¿Cómo podría ser aquello posible? ¿De qué conocía Mario a Adelaida? ¿Por qué, según Rita, se mostraba tan afectado por la muerte de Cristina?

En aquel momento, John se vio obligado a dejar a un lado sus elucubraciones al llegar a una salita pequeña caldeada por la calefacción y repleta de ancianos desvalidos. Rita le indicó dónde se encontraba Adelaida y se marchó. John se dirigió a una esquina de la habitación, lugar en el que, sentada en una butaca con una manta sobre las piernas, descansaba con la vista perdida en el infinito Adelaida Martínez. John tomó asiento a su lado y aguardó varios minutos en silencio. Adelaida parecía no haberse percatado de la presencia del policía y seguía sumida en sus pensamientos. John, por su parte, se vio obligado a desabotonarse la camisa. Con el calor tan exagerado que hacía en aquella salita era raro que ningún anciano hubiera muerto del sofoco. Justo en ese momento, los ojos vidriosos y perdidos de Adelaida se volvieron hacia él.

            Oh, has vuelto, querido. Te he echado mucho de menos. Ahora mismo llamaré a Cristina. Estará encantada de recibirte.

Aquellas primeras palabras de Adelaida desconcertaron a John que, en lugar de hacer preguntas, optó por guardar silencio y dejar que la anciana continuara hablando.

            Mi marido ha salido a trabajar. Tú mejor que nadie sabes todo el tiempo que esas empresas requieren. Ya le he dicho que debería delegar un poco y dedicarle más tiempo a su familia.

Sin duda, pensó John, Adelaida se remontaba al pasado y lo confundía con alguien. ¿Tal vez con Mario? Nuevamente se hizo el silencio y, tras varios minutos, John formuló la primera pregunta, no sabía si acertada o no pues, a decir verdad, no tenía la más mínima idea de cómo actuar con aquella mujer que solo parecía decir incoherencias.

            ¿Y Cristina, cómo se encuentra?

Adelaida volvió a posar su mirada en John. Esta vez, sus ojos transmitían una luz muy inquietante.

            Ya sabes que ese hombre, Daniel Camacho, no le conviene. Él solo persigue nuestra fortuna. Tienes que hacerle entrar en razón, por favor. A ti sí te va a escuchar, estoy segura. Si continúa con sus planes de casarse con él va a arruinar su vida.

Ahora, Adelaida apretaba con fuerza las manos de John. Su tono de voz dejaba entrever la angustia que Adelaida sentía por el futuro de su hija, un futuro que, obviamente, se trataba del pasado pero que Adelaida era incapaz de diferenciar. John permaneció mudo. Por primera vez en su larga carrera, se veía incapaz de formular ninguna pregunta que pudiera ser crucial en aquel caso. Sentía que cualquier cosa que dijera o preguntara carecería de sentido, tal vez como las palabras de Adelaida.

            Hemos sufrido mucho y tú bien lo sabes. Hemos perdido toda nuestra fortuna y nos hemos visto en la calle de la noche a la mañana. Mira a qué lugar he ido a parar. Rodeada de viejos que se orinan encima y de ancianas que se empeñan en hacer punto cruz a pesar de estar medio ciegas.

Obviamente, Adelaida mezclaba eventos del pasado con otros del presente. Y, como le había asegurado minutos antes Rita, en su mente alternaban momentos de grandes lagunas mentales con otros de absoluta lucidez.

           Lo peor de todo fue haber perdido a mi hijo de aquella manera. Yo no quería perderlo, ni mi marido tampoco. La única a la que pareció no importarle fue a Cristina. ¡Era su hermano! ¿Es que no lo entiendes? ¡Era el hermano de Cristina y ella continuó con su vida tan normal! Solo le importa ese maldito hombre: Daniel Camacho.

Adelaida había alzado tanto el tono de voz que todos los ancianos que había a su alrededor interrumpieron sus actividades para contemplar, una vez más, una escena que les resultaba bastante familiar. Adelaida, muy enfadada por lo que estaba diciendo, apretaba con fuerza los puños y se daba puñetazos en las piernas. Una enfermera acudió de inmediato al lugar y trató de serenar con palabras tranquilizadoras a su paciente. Una vez lo hubo conseguido, se dirigió a John a quien le pidió, por favor, que se marchara. John entendió la situación y se levantó aún desconcertado por la extraña conversación mantenida con la anciana. Cuando ya se disponía a marcharse, Adelaida, mucho más tranquila y pareciendo haber recobrado la serenidad y la cordura, se dirigió hacia él.

            Muchas gracias por su visita, señor. Ha sido un auténtico placer haberlo conocido.

John sonrió y no pudo evitar dirigirse a la anciana y besarla en la mejilla. Una vez en la calle, John recibió una llamada de teléfono. Era Carlos.

            John, voy de camino al pueblo. Necesito verte. He descubierto en la casa de Cristina algo muy interesante. Tal vez tengamos en nuestras manos el móvil del crimen.

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