Capítulo IV: Una visita a la estación

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Las imágenes aportadas por la cámara de seguridad sirvieron, en realidad, de muy poco a la hora de arrojar luz sobre el crimen del andén dos. Tras despedirse de Mario, Alberto y Teresa, que parecía haberse serenado, John Mackenzie se dirigió a la pequeña jefatura de policía junto a su estimado subordinado Carlos, un entusiasta muchacho de poco menos de treinta años que a John le recordaba a sí mismo cuando comenzaba en la profesión.

Con toda la atención del mundo, inspeccionaron una y otra vez  el vídeo centrándose, sobre todo, en el período de tiempo que oscilaba entre las diez menos diez y las diez y veinticinco de la noche, momento en que Cristina Nieto fallecía ante una impertérrita Teresa. Cuando el vídeo acabó, John retrocedió las imágenes unos segundos para centrarse en el momento crucial del caso: la llegada del tren; Teresa bajándose del mismo, la única pasajera que lo hizo; y, finalmente, Cristina dirigiéndose moribunda a Teresa para desfallecer a sus pies y exhalar su último suspiro.

Esto no nos sirve de nada exclamó con enfado John al mismo tiempo que detenía la reproducción del vídeo. Aquí solo podemos constatar la versión de los hechos de Teresa. Pero ni rastro del asesino. Ni la más mínima pista sobre su identidad.

Carlos, que tal vez debido a su juventud y ganas de trabajar no se daba por vencido con facilidad, pinchó sobre otro icono en el ordenador y un nuevo vídeo apareció en la pantalla, esta vez del interior de la estación. El leve interés que nació en Mackenzie se esfumó tan pronto como pudo comprobar que tampoco en aquel vídeo había indicios para solucionar aquel caso. Desde las nueve y veinticinco de la noche, hora en que pasó por la estación el penúltimo tren y se apearon varios pasajeros, no se había producido en el interior de la estación ningún movimiento salvo la llegada de Cristina que, con paso torpe, cruzó el hall con una mano sobre el pecho.

Ya entonces había sido apuñalada aclaró Carlos.

Por tanto, podemos concluir que fue apuñalada en el exterior de la estación. ¡Maldita sea! ¿Por qué diablos no se instalaron cámaras de seguridad ahí fuera? gritó con enfado John, convencido de que si la estación hubiera estado dotada de cámaras en el exterior, posiblemente aquel caso quedaría resuelto aquella misma noche. Pero aquello era tan solo una ilusión pasajera, pues los recortes también habían llegado a aquel pueblo y ahora ellos los vivían en carne propia.

Quizás sea conveniente acercarnos a la estación. Si, en efecto, Cristina fue apuñalada en el exterior, habrá dejado algún resto de sangre. Se puede ver en este vídeo cómo hay un unas manchas rojas que van desde la entrada a la estación hasta el lugar en que la mujer falleció frente a Teresa. Solo de esa forma podremos estar seguros de que el crimen se cometió en las proximidades de la estación.

John aplaudió la idea de Carlos y, en menos de cinco minutos, se hallaban en las inmediaciones de la estación. En efecto, tal y como había indicado Jeremías hacía unos instantes, la iluminación en aquella zona era tan pobre que apenas sí se podía ver. Inspeccionaron con sumo cuidado los alrededores, comenzando con el rastro de sangre que había frente a la entrada principal. Con John a la cabeza, siguieron ese rastro hasta que llegaron a un punto en que este se perdía. John y Carlos intercambiaron una mirada de satisfacción. Los dos sabían muy bien qué significaba aquello. John miró la casa que tenía frente a él, ahora con las luces apagadas. Se trataba de la casa de Jeremías Alcázar. Frente a ellos se encontraba el enorme ventanal del salón desde donde el anciano aseguraba haber visto un vehículo aparcado poco antes de las diez. Aquello solo podía significar una cosa. Cristina Nieto había sido apuñalada en ese preciso lugar, tal vez en el interior del misterioso coche que tan discretamente había llegado hasta allí. ¿Pero por qué acabar con su vida precisamente ahí, en un lugar en el que el asesino podría haber sido visto por cualquiera? ¿Qué relación había entre Cristina y aquel desconocido pueblo? ¿Por qué sabía el nombre de Teresa y su dirección? Aquellas palabras bailaban sin ton ni son en su aturdida y cansada mente. Miró el reloj. Era más de la una de la madrugada. Solo entonces se dio cuenta del sueño que le invadía y de que ya era hora de retirarse y descansar. Al día siguiente, si todo marchaba bien, tendría sobre la mesa de su despacho información de primera mano sobre la víctima. Estaba convencido de que únicamente conociendo quién era Cristina Nieto podrían llegar al fondo de la cuestión y encontrar al asesino, al propietario de aquel misterioso vehículo que  había desaparecido de la faz de la tierra sin dejar el menor rastro.

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