Capítulo X: Un nuevo sospechoso

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Tras beberse hasta la última gota del té que Carlos le había preparado, la tía Clara comenzó a sentirse algo más repuesta y su tono de voz parecía haber vuelto a la normalidad. Tras decir, muy segura de sí misma, que Cristina Nieto había estado en su casa la noche del asesinato, la tía de Teresa se desvaneció y Carlos y John tuvieron que socorrerla de inmediato para evitar que se diera un golpe al caer contra el suelo. Sin titubear, los dos policías llevaron a la mujer al interior del despacho de John, donde lograron reanimarla con rapidez. Ahora se hallaba recostada en un silloncito y Olga le tendía la mano.

            ¿Te encuentras mejor, querida?

La tía Clara asintió con la cabeza y tomó aire para después expulsarlo violentamente.

            ¿Cómo puedes estar tan segura de que Cristina Nieto se presentó en tu casa la noche del asesinato? ¿La viste? ¿Era a ti a quien venía a visitar? Eso podría explicar que conociera el nombre y dirección de tu sobrina. Pero, ¿por qué diablos no nos has dicho esto antes, Clara?

Las insistentes preguntas de John aturdieron tanto a la tía Clara que ésta casi comenzó a llorar, agobiada por el incesante interrogatorio. Una mirada reprobatoria de Olga hizo que John suavizara el tono de voz y fuera más delicado en su trato hacia la que en aquel momento era su testigo más importante.

            Cuéntanos, por favor, todo lo que sepas al respecto.

            Lo peor de todo es que no sé mucho más admitió la tía Clara apesadumbrada.

            ¿Conocías a Cristina? quiso saber Carlos.

La tía Clara negó con la cabeza. No, jamás había visto a Cristina Nieto. Ni siquiera había oído hablar de ella cuando fue encarcelada y esta se hizo famosa a nivel nacional. En definitiva, Cristina Nieto era para ella una auténtica desconocida. A la pregunta de John de por qué no confesó a la policía tan importante noticia, la aludida respondió que si no lo había hecho antes era porque no estaba del todo segura.

            ¿Podrías explicarte mejor? pidió muy amablemente John.

            Mis recuerdos de aquella tarde son muy confusos. Después de almorzar me eché una siesta. Tomé un somnífero, con lo que dormí más de tres horas seguidas. Cuando desperté eran más de las seis de la tarde. Bajé a la cocina, donde me encontré a mi hermano, Leonor y Mario. Acepté el ofrecimiento de Alberto para tomar un café. Quería espabilarme un poco y salir de ese estado de letargo en el que vivo a diario. Sin embargo, el café tuvo el efecto contrario y volví a sentirme cansada y abatida. Era como si me hubiera vaciado el pastillero en el que guardo mis somníferos en el líquido. Dejé a la visita con mi hermano y su mujer y volví a mi habitación, donde me tumbé en la cama y caí dormida en menos de tres segundos. Debían de ser las seis y media.

            ¿Si te dormiste, cómo puedes estar segura de que Cristina Nieto estuvo en tu casa?

La tía Clara dedicó una mirada de desprecio a Carlos. El tan solo insinuar que pudiera estar mintiendo le parecía realmente repugnante. Iba a contestarle cuando se dio cuenta de que, en el fondo, Carlos tenía razón. Su testimonio no sería tomado en cuenta por ningún profesional pues, al fin y al cabo, ¿quién iba a creer a una adicta a los somníferos y tranquilizantes que, tan a menudo, confundía la realidad con su imaginación y que ni siquiera recordaba lo que había hecho hacía unas horas? La tía Clara volvió a tomar aire y continuó su relato.

            Sobre las ocho y media de la tarde me desperté sobresaltada. Se oían unas voces procedentes del piso de abajo. En un principio pensé que se trataba de la televisión, pero al poco rato reconocí que una de aquellas voces pertenecía a mi hermano Alberto.

            ¿Se puede saber con quién discutía su  hermano? preguntó con cautela John.

            Con Cristina Nieto, naturalmente. Oí cómo mi hermano se dirigió a ella por su nombre en dos ocasiones.

            ¿Y qué le decía? ¿Por qué discutían?

            Lamento no ser de mucha utilidad pero, en el estado en que me encontraba, apenas pude entender unas cuantas palabras sueltas. Lo que sí me llamó la atención es que Cristina amenazaba a mi hermano con hablar con Teresa. Luego volví a caer dormida y, cuando desperté, pensé que todo había sido un sueño. No le concedí la mayor importancia. Fue esa madrugada en que se supo que habían asesinado a una mujer y que aquella mujer se llamaba Cristina Nieto cuando comencé a atar cabos y pensar que, tal vez, aquella discusión no fue ni un sueño ni producto de mi imaginación sino algo que realmente sucedió. Por eso tengo miedo. ¿Y si  mi hermano tuvo algo que ver con la muerte de Cristina? Sin embargo, es una idea muy descabellada. Alberto es una de las personas más buenas y nobles que conozco. No sería capaz ni de matar a una mosca. Pero lo que sí está claro es que Cristina Nieto estuvo en mi casa y discutió con Alberto.

John tomó nota de aquella declaración y pidió a Olga que acompañara a la tía Clara a su casa. En el estado en que se encontraba no era lo más adecuado que volviera sola. Antes de despacharla, le pidió que no comentara con nadie, ni siquiera con Alberto, nada de lo que les había relatado. La tía Clara prometió que así lo haría y abandonó la jefatura en compañía de Olga.

Una vez a solas, los dos policías intercambiaron una mirada de satisfacción. Aquello iba por muy buen camino. Cada vez tenían más información y ambos estaban seguros de que el caso estaría resuelto en breve. John relató muy brevemente su entrevista con Fernando Iglesias y cómo este lo remitió al lugar donde se encontraba internada Adelaida Martínez.

            Todo lo que aquella mujer decía eran auténticas incoherencias. Nada tenía ni pies ni cabeza. A veces parecía vislumbrarse en ella un atisbo de cordura pero desaparecía casi al instante. Fíjate que hasta me confundió con Mario González.

Carlos frunció el ceño dando a entender que, evidentemente, no comprendía nada de lo que su jefe estaba contando. John le explicó que, al parecer, Mario González había ido a visitar a Adelaida pocos días atrás y que esta, al confundirlo con Mario, había dicho algunas cosas que daban a entender que Cristina y él se conocían.

            Pues me temo agregó Carlos que tendremos que interrogar al alcalde del pueblo. Mario ha de tener una muy buena explicación que justifique por qué nos ha ocultado hasta el momento su relación con la familia Nieto.

John estuvo de acuerdo con el joven y luego le preguntó cuál había sido el resultado de sus pesquisas.

            Antes de marcharme de la ciudad, comprobé una vez más el teléfono móvil de Cristina. Llamé a la compañía de teléfonos y no encontré que hubiera recibido o realizado alguna llamada valiosa. Lo que sí encontré en el bolsillo de su chaqueta fue un billete de autobús procedente de la ciudad. Fue adquirido a las 6.45 de la tarde en que se produzco su asesinato con lo que, teniendo en cuenta que el trayecto del autobús de la ciudad al pueblo tiene una duración de una hora y media, situaría a Cristina en el pueblo a las 8.15, lo cual concuerda con la hora en que la tía Clara dice haber oído la discusión entre Alberto y Cristina.

John seguía muy atento aquella conversación. Decidió no interrumpir a Carlos hasta el final con preguntas y que el joven explicara todo cuanto había descubierto.

            Más tarde, me presenté en el apartamento que Cristina había alquilado tras salir de la cárcel. Tenía la esperanza de encontrar efectos personales que pudieran conducirnos a alguna pista pero lamento decirte, John, que no encontré absolutamente nada relevante.

John chasqueó la lengua mostrando su descontento. Sin embargo, volvió a alegrarse pues Carlos le había dicho un rato antes que creía haber encontrado el móvil del crimen. Así, aún era pronto para rendirse y tirar la toalla. No se equivocaba y así lo demostraron las siguientes palabras de Carlos.

           Me disponía a marcharme cuando vi sobre una mesa un fajo de cartas. Eran cartas que Cristina había recibido. Procedían de La Habana y el remitente de todas ellas era un tal Adolfo Hernández.

Carlos tendió las cartas a su jefe, a quien aconsejó que las leyera pues la información que en ellas había era más que interesante.

            Cartas de amor dijo John abriendo los ojos como platos. Cristina y el tal Adolfo mantenían una relación a distancia. Pero, ¿de qué dinero están hablando? preguntó John  mientras avanzaba en la lectura de aquellas  misivas. ¿Reunirse los dos en Cuba? ¿Acaso Cristina Nieto estaba pensando en reunirse con su amante en La Habana?

            Es una posibilidad admitió Carlos que aún se guardaba un último as. Es  muy raro que la cuestión económica no salga a relucir en un caso de asesinato, John. Y en este caso ya había tardado bastante en salir. Así que averigüé en qué banco tenía Cristina su cuenta corriente y… ¡adivina qué descubrí! Que en las últimas semanas Cristina había hecho una transferencia a Cuba a nombre de Adolfo Hernández. Dos transferencias para ser exactos: la primera por importe de 70.000 euros y la segunda, por 30.000. Llamé a ese banco y, tras mucho insistir pues en un principio se negaban a dar información sobre su cliente, conseguí averiguar su teléfono. No tardé mucho en contactar con su domicilio donde me atendió una señora que decía ser su esposa.

            ¿Su esposa?

La incredulidad de John era más que evidente. ¿Qué diablos significaba todo aquello? Cuando todo parecía encaminarse a una fácil solución, aparecía un nuevo posible implicado que mantenía una relación a distancia con la víctima, un hombre que ya estaba casado y que, además, había recibido fuertes cantidades de dinero por parte de Cristina.

            ¿Y de dónde sacó Cristina nieto tanto dinero si su familia había quedado arruinada?

Ante la pregunta de John, Carlos frunció el ceño pues lamentablemente aún no había encontrado la respuesta a tal interrogante.

            Lo que sí puedo decirte, John, es que Adolfo Hernández y Cristina Nieto se conocieron en la cárcel. Él trabajaba en la lavandería de la prisión y, por lo que he podido averiguar, fue allí donde iniciaron su relación. Ahora bien, ¿estaba Cristina al tanto de que Adolfo ya estaba casado? ¿De dónde obtuvo Cristina tanto dinero para hacérselo llegar a Cuba? ¿Tenía realmente intención de abandonar España y marcharse a La Habana? Y, lo que más me inquieta, John: Teresa Aguilar. Estoy convencido de que ella es la clave de todo este asunto. Solo nos queda averiguar qué papel juega ella en todo este embrollo y el caso quedará resuelto.

La conversación quedó interrumpida por una llamada de teléfono que fue atendida por Carlos. John observó cómo el rostro del policía se contrajo en una mueca de horror, con lo que dedujo que algo muy grave acababa de suceder.

C. Gumedi

Capítulo VIII: La desconcertante declaración de Adelaida Martínez

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Las últimas palabras pronunciadas por Fernando Iglesias lo habían dejado tan intrigado que no pudo resistir la tentación de dirigirse inmediatamente a aquella residencia de ancianos donde se encontraba internada la madre de Cristina Nieto. ¿Qué era aquello tan inquietante que la señora le había repetido a Fernando? ¿Sabría aquella mujer algo que pudiera conducirle a alguna valiosa pista? ¿Hasta qué punto Adelaida Martínez podría estar relacionada con la muerte de su hija? Todas aquellas preguntas hicieron que John sintiera un arrebato de optimismo que, desafortunadamente, tardó solo unos segundos en esfumarse pues, a fin de cuentas, la persona a la que se disponía a visitar padecía Alzheimer y, por tanto, era muy probable que su testimonio careciera de toda validez. Sin embargo, John quería jugar aquella última carta antes de abandonar la ciudad y, en menos de veinte minutos, se encontraba en la recepción de la residencia de ancianos.

Una mujer cincuentona, de aspecto macilento y pelo canoso recogido en una horrible trenza, lo recibió. Era la directora de aquella clínica. La mujer, que se presentó con el nombre de Rita Velasco, se mostró muy amable con John y dispuesta a colaborar. Por supuesto, lo autorizaría para que pudiera visitar a Adelaida.

            Lo único que  le pido es que no la altere. Debido a su enfermedad, esto es algo que puede ocurrir muy a menudo. Lamentablemente, dudo que pueda sacar algo en claro. Aunque su enfermedad no está aún en un estado muy avanzado, sí es cierto que la paciente presenta episodios muy incoherentes, cada vez con más frecuencia. Solo en muy pocos momentos despierta en ella algo de lucidez y vuelve a ser la señora cuerda y segura de sí misma que fue algún día.

            ¿Conoce la noticia de que su hija ha sido asesinada?

            Precisamente a eso me refiero. Justamente la visitó ayer ese hombre para informarle de tan trágico suceso. Y, desde entonces, no ha dejado de decir disparates. Pobrecita.

            ¿De qué hombre está hablando? preguntó John, imaginando que tal vez la directora de la clínica se estaba refiriendo a Fernando Iglesias. Pero, cuando le preguntó si se trataba de aquel hombre, Rita negó con la cabeza.

            Para nada. Ese señor hace ya algún tiempo que  no la visita. Me refiero a un caballero muy bien parecido que jamás había venido a visitarla pero que se veía muy afectado por la muerte de Cristina.

            ¿Sería tan amable de darme el nombre de esa persona? preguntó John respirando profundamente para evitar ser descortés con Rita. Tanta palabrería lo abrumaba sobremanera.

La mujer guardó silencio unos segundos tratando de recordar el nombre del misterioso visitante.

            Se llamaba Mario González.

            ¿Mario González? ¿El alcalde del pueblo? ¿Cómo podría ser aquello posible? ¿De qué conocía Mario a Adelaida? ¿Por qué, según Rita, se mostraba tan afectado por la muerte de Cristina?

En aquel momento, John se vio obligado a dejar a un lado sus elucubraciones al llegar a una salita pequeña caldeada por la calefacción y repleta de ancianos desvalidos. Rita le indicó dónde se encontraba Adelaida y se marchó. John se dirigió a una esquina de la habitación, lugar en el que, sentada en una butaca con una manta sobre las piernas, descansaba con la vista perdida en el infinito Adelaida Martínez. John tomó asiento a su lado y aguardó varios minutos en silencio. Adelaida parecía no haberse percatado de la presencia del policía y seguía sumida en sus pensamientos. John, por su parte, se vio obligado a desabotonarse la camisa. Con el calor tan exagerado que hacía en aquella salita era raro que ningún anciano hubiera muerto del sofoco. Justo en ese momento, los ojos vidriosos y perdidos de Adelaida se volvieron hacia él.

            Oh, has vuelto, querido. Te he echado mucho de menos. Ahora mismo llamaré a Cristina. Estará encantada de recibirte.

Aquellas primeras palabras de Adelaida desconcertaron a John que, en lugar de hacer preguntas, optó por guardar silencio y dejar que la anciana continuara hablando.

            Mi marido ha salido a trabajar. Tú mejor que nadie sabes todo el tiempo que esas empresas requieren. Ya le he dicho que debería delegar un poco y dedicarle más tiempo a su familia.

Sin duda, pensó John, Adelaida se remontaba al pasado y lo confundía con alguien. ¿Tal vez con Mario? Nuevamente se hizo el silencio y, tras varios minutos, John formuló la primera pregunta, no sabía si acertada o no pues, a decir verdad, no tenía la más mínima idea de cómo actuar con aquella mujer que solo parecía decir incoherencias.

            ¿Y Cristina, cómo se encuentra?

Adelaida volvió a posar su mirada en John. Esta vez, sus ojos transmitían una luz muy inquietante.

            Ya sabes que ese hombre, Daniel Camacho, no le conviene. Él solo persigue nuestra fortuna. Tienes que hacerle entrar en razón, por favor. A ti sí te va a escuchar, estoy segura. Si continúa con sus planes de casarse con él va a arruinar su vida.

Ahora, Adelaida apretaba con fuerza las manos de John. Su tono de voz dejaba entrever la angustia que Adelaida sentía por el futuro de su hija, un futuro que, obviamente, se trataba del pasado pero que Adelaida era incapaz de diferenciar. John permaneció mudo. Por primera vez en su larga carrera, se veía incapaz de formular ninguna pregunta que pudiera ser crucial en aquel caso. Sentía que cualquier cosa que dijera o preguntara carecería de sentido, tal vez como las palabras de Adelaida.

            Hemos sufrido mucho y tú bien lo sabes. Hemos perdido toda nuestra fortuna y nos hemos visto en la calle de la noche a la mañana. Mira a qué lugar he ido a parar. Rodeada de viejos que se orinan encima y de ancianas que se empeñan en hacer punto cruz a pesar de estar medio ciegas.

Obviamente, Adelaida mezclaba eventos del pasado con otros del presente. Y, como le había asegurado minutos antes Rita, en su mente alternaban momentos de grandes lagunas mentales con otros de absoluta lucidez.

           Lo peor de todo fue haber perdido a mi hijo de aquella manera. Yo no quería perderlo, ni mi marido tampoco. La única a la que pareció no importarle fue a Cristina. ¡Era su hermano! ¿Es que no lo entiendes? ¡Era el hermano de Cristina y ella continuó con su vida tan normal! Solo le importa ese maldito hombre: Daniel Camacho.

Adelaida había alzado tanto el tono de voz que todos los ancianos que había a su alrededor interrumpieron sus actividades para contemplar, una vez más, una escena que les resultaba bastante familiar. Adelaida, muy enfadada por lo que estaba diciendo, apretaba con fuerza los puños y se daba puñetazos en las piernas. Una enfermera acudió de inmediato al lugar y trató de serenar con palabras tranquilizadoras a su paciente. Una vez lo hubo conseguido, se dirigió a John a quien le pidió, por favor, que se marchara. John entendió la situación y se levantó aún desconcertado por la extraña conversación mantenida con la anciana. Cuando ya se disponía a marcharse, Adelaida, mucho más tranquila y pareciendo haber recobrado la serenidad y la cordura, se dirigió hacia él.

            Muchas gracias por su visita, señor. Ha sido un auténtico placer haberlo conocido.

John sonrió y no pudo evitar dirigirse a la anciana y besarla en la mejilla. Una vez en la calle, John recibió una llamada de teléfono. Era Carlos.

            John, voy de camino al pueblo. Necesito verte. He descubierto en la casa de Cristina algo muy interesante. Tal vez tengamos en nuestras manos el móvil del crimen.

Capítulo VII: John Mackenzie viaja a la ciudad

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En lugar de viajar en su propio coche, John Mackenzie había preferido subirse en el andén dos al tren de las 9:16 que lo dejaría en la estación de la ciudad. El día anterior, tras la visita a Teresa en su casa, había decidido tomarse el resto de la tarde libre y delegar sus responsabilidades en Carlos quien había continuado con sus pesquisas. Aquel, sin duda, era un gesto que había agradecido Olga pues, tras varios días, había logrado pasar unas horas en compañía de su esposo.

En lugar de relajarse en el viaje, John se puso a repasar mentalmente todo aquel caso que, por el momento, no tenía visos de resolverse a corto plazo. Lo único que tenían hasta el momento era el testimonio de Jeremías y el nombre de Fernando Iglesias que, afortunadamente, había aceptado recibirlo en su casa a las doce del mediodía.

De momento, pensó para sí mismo John al mismo tiempo que el tren se introducía en el extrarradio de la ciudad, la única pista valiosa con que contaba era el vínculo entre la víctima y Teresa Aguilar. Era demasiada casualidad que Cristina hubiera ido hasta el pueblo y que conociera el nombre y dirección de Teresa. Y aún más sorprendente era el hecho de que precisamente Teresa trabajara en el mismo bufete del abogado que había tratado de resarcir a Cristina de la cárcel. Para colmo, Teresa conocía personalmente a Fernando Iglesias. Demasiada coincidencia, pensó John. Pero, lo que más le inquietaba, era saber dónde encajaba exactamente Teresa Aguilar en aquel rompecabezas. Aunque aquello era algo que se había guardado para sí mismo, John estaba seguro de que Teresa y el pasado delictivo de Cristina estaban íntimamente relacionados. Pero, ¿de qué manera?

Tras apearse del tren, John tomó un taxi que lo llevó directamente a la casa en que vivía Fernando, una casa ubicada en uno de los barrios residenciales más acomodados de la ciudad. Como llegó con antelación, buscó una cafetería y pidió un café solo. Mientras saboreaba aquel café que le supo a rayos, hizo un par de llamadas: una a su esposa, para decirle que había llegado bien y asegurarle que estaría de vuelta en casa para merendar y la otra a Carlos, que también viajaría ese día a la ciudad. Había conseguido una orden para registrar el piso en que Cristina vivía.

A las doce menos cuatro minutos, John pagó su consumición, abandonó la cafetería y encaminó sus pasos a la casa de Fernando, una casa de dos plantas, de aspecto cuidado y con flores y macetas flanqueando la entrada. Tocó el timbre y, tras aguardar varios segundos, un hombre de aspecto cansado pero aún atractivo a pesar de los años le abrió la puerta. Tras hacer las presentaciones pertinentes, Fernando lo hizo pasar al interior de un cálido salón que olía a lejía. Posiblemente, Fernando tuviera una asistenta que mantenía aquella enorme casa en la que vivía en solitario. A fin de cuentas, con la holgada pensión que recibía podía permitirse ese y otros muchos lujos.

─Muy triste la noticia de la muerte de Cristina ─comenzó a decir Fernando  mirando un periódico que descansaba sobre una mesa en el que aparecía una foto de Cristina y un texto hablando de su asesinato.

─¿Conocía bien a Cristina, verdad?

─Bastante bien. No solo fui su abogado en aquel penoso asunto sino que, durante muchos años, su padre y yo fuimos grandes amigos.

John enarcó las cejas sorprendido al conocer aquel dato. Tal vez careciera de total interés pero, aun así, era algo que creía que merecía la pena recordar.

─Hice todo lo que estuvo en  mi mano para librarle de la cárcel. Pero estaba metida en aquel problema hasta el cuello. Lo único por lo que pude luchar era por conseguir una rebaja en la condena ─dijo con cierta amargura Fernando pues, con toda probabilidad, recordar aquel caso que perdió no debía de ser muy agradable─. La culpa de todo la tuvo su marido, Daniel Camacho. Fue él quien la convenció y arrastró a aquel caos que arruinó su vida. Nunca supo elegir bien a los hombres.

John carraspeó y cambió de posición. No estaba de acuerdo con aquellas palabras. Cristina Nieto era responsable de sus propias acciones. De nada servía buscar culpables. Sin embargo, por cortesía, John decidió guardarse para sí su opinión y continuó el interrogatorio.

─¿Cómo era Cristina Nieto?

─Era un ser humano excepcional. Generosa, alegre, de buen corazón. Amaba a sus padres por encima de todas las cosas. Jamás se repuso del fallecimiento de su padre. Era su adoración.

─¿Cuánto tiempo estuvo casada con Daniel Camacho?

─No recuerdo exactamente. Diría que unos diez años. Como ya sabrá, él murió en la cárcel.

John asintió.

─¿Tuvieron hijos?

─No. No tuvieron descendencia. Él nunca quiso.

─Si tan amigo era de la víctima, supongo que la visitaría en la cárcel.

─No tanto como hubiera querido, pero he de admitir que iba a visitarla un par de veces al año.

─¿La vio cuando salió de prisión?

─No.

─¿Sabría decirme si Cristina conocía a Teresa Aguilar?

John aguardó impaciente la respuesta a aquella pregunta. Por unos segundos, Fernando guardó silencio. No, que él supiera Cristina no conocía a Teresa. Teresa, además, comenzó a trabajar en el bufete muchos años después de que Cristina fuera condenada por lo que las posibilidades de que se conocieran eran totalmente remotas. No, no tenía ni idea de qué conocía Cristina el nombre y dirección de Teresa. Aquello era algo que realmente lo desconcertaba, admitió Fernando. John miró el reloj y vio que aquella entrevista debía llegar a su fin. Tras agradecerle a Fernando el haberle dedicado unos minutos, se levantó de su asiento y fue acompañado por el abogado a la puerta. Justo en el momento en que se iban a despedir, Fernando llamó la atención del policía.

─¿Sabe? Creo que debe hacer una última visita antes de abandonar la ciudad.

John frunció el ceño. Fernando se dirigió a una mesita que había en la entrada de donde cogió un bolígrafo y un papel. Escribió algo en el papel y se lo tendió a John.

─Es la residencia de ancianos donde se aloja Adelaida Martínez, la madre de Cristina. Como ya le he dicho, me unía una amistad con los padres de Cristina. No sé si lo sabrá pero la señora padece alzheimer desde hace varios años. La visito con regularidad y últimamente ha dicho cosas muy inquietantes.

─¿Qué tipo de cosas? ─preguntó intrigado John.

─Eso es algo que debe averiguar por su cuenta. Yo ya le he ayudado en lo que he podido. Y ahora, si me lo permite, tengo cosas que hacer.

Capítulo VI: Una visita a Teresa

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La tía Clara vivía sus días sumida en una honda depresión. Desde que la abandonara su marido por una mujer mucho más joven que ella hacía tres años, parecía no haber levantado cabeza y, por ello, pasaba las horas en un estado de seminconsciencia provocado por los ansiolíticos y somníferos que tomaba como si estos ya fueran parte de su dieta habitual. Por ello, no fue hasta el día siguiente, cuando John y Carlos se presentaron en la casa en que vivía con su hermano, cuando se enteró del macabro acontecimiento que había tenido lugar la noche anterior a tan solo unos metros de su casa.

            ¡Todo eso que me cuentas es tan terrible, John! Naturalmente no tenía la más mínima idea de lo ocurrido. No me encontraba muy bien anoche y decidí acostarme poco después de las siete de la tarde. Tomé unos tranquilizantes pero debí equivocarme con la dosis y no me sentó demasiado bien se apresuró a justificarse Clara. Su aspecto, tal y como constató el propio John, dejaba mucho que desear: ojeras, ojos inyectados en sangre, pelo alborotado y con signos más que evidentes de necesitar un buen tinte. En fin, pensó John, era una auténtica pena la vida tan desagradable que aquella mujer, a la que tan bien conocía, se había visto obligada a llevar. Pero no había ido hasta la casa de Teresa para juzgar el estado de Clara ni compadecerse de ella sino para tratar de averiguar algo más en relación al crimen del andén dos.

            ¿Podría hablar con tu sobrina, Clara? preguntó John recorriendo con la mirada el resto de la estancia.

            Mi hija está con su padre en el garaje. Ya sabes cómo es mi marido y lo mucho que le gusta tener limpio su coche dijo Leonor, madre de Teresa, al mismo tiempo que saludaba a John con dos besos en la mejilla.

            Pobrecita mi hija. Aún no se ha recuperado de la impresión. Su padre y yo casi tuvimos que obligarla a que no fuera  a trabajar. La muy cabezota pretendía coger ese tren como todos los días y presentarse en el bufete. Afortunadamente, logramos convencerla. Lo que sí vamos a hacer inmediatamente es comprarle un coche. No creo que mi pobre Teresa pueda volver a subirse a ningún tren en mucho tiempo.

            Entiendo dijo John muy cortésmente ante la imprevista verborrea de Leonor.

            ¿Saben ya quién lo hizo? quiso saber Leonor abriendo los ojos con mucho énfasis. Confío en que den pronto con el culpable. Me aterra la sola idea de pensar que por los alrededores hay suelto un maníaco asesino.

            No tiene nada por lo que temer, Leonor la tranquiló Carlos.

Justo en ese momento, apareció Teresa. Saludó a los recién llegados y se sentó junto a su tía que, aunque estaba presente en la reunión, parecía estar en otro mundo. Posiblemente se acabara de tomar otro somnífero y su efecto comenzaba a sentirse.

            Teresa, ¿podrías respondernos a una pregunta? comenzó con mucho tacto John.

            Teresa dedicó una mirada desafiante y hostil al policía.

            ¿Acaso no llevo desde anoche respondiendo preguntas? ¿Cuándo van a dejar de incordiarme? Ya les he dicho todo lo que sé. Ahora déjenme continuar con mi vida y olvidar esta tragedia.

           Lo haremos tan pronto como puedas respondernos intervino Carlos. Entiende que, cuanto más colabores, más pronto podremos dar con el asesino y zanjar este asunto.

            Yo no conocía a esa mujer exclamó poniéndose en pie Teresa.

            Leonor se colocó junto a su hija, la besó en la mejilla y le pasó la mano por la espalda para tranquilizarla.

            Venga, tesoro, será mejor que colabores con la policía. Ellos solo quieren ayudar.

Al parecer, las palabras de Leonor lograron calmar a Teresa que, a partir de ese momento, se mostró mucho más colaboradora.

            Teresa, ¿te dice algo el nombre de Fernando Iglesias?

Teresa frunció el ceño. Claro que sí. Conocía a aquel nombre. Era un abogado muy respetable que trabajaba en Grupo Alarcón. Había trabajado toda su vida en la sucursal que el bufete tenía en Bilbao. Pidió un traslado unos años antes de jubilarse y fue entonces cuando Teresa lo conoció. En realidad habían coincidido solo unos meses, pues Fernando se jubiló poco después de comenzar ella a trabajar en la compañía.

            ¿Sabías que Fernando perdió un juicio en el que defendía a Cristina Nieto?

Aquello pilló por sorpresa a todos los allí reunidos, incluida la tía Clara, que parecía haber vuelto a la vida con aquella información.

            No, no sabía nada reconoció Teresa.

Carlos les explicó muy sucintamente quién era Cristina Nieto y Leonor y Clara admitieron conocer aquel caso. Pero poco más sabían acerca de Cristina y de la relación de Fernando con esta.

Viendo que poco más podían hacer en aquella casa, John y Carlos se despidieron y se marcharon. Teresa volvió al garaje con su padre, Leonor comenzó la lectura de un nuevo libro que se había comprado el fin de semana anterior en la ciudad y Clara se marchó para su habitación. Una vez a solas, se dirigió a la cómoda donde descansaba un vaso de cristal. Vertió agua en el vaso y tomó un somnífero. Miró el reloj. Marcaba las once y cuarto de la mañana. Aun podría dormir un par de horas antes del almuerzo. Cuando se tomó la pastilla, se sobresaltó. ¿Acaso no se había tomado ya un somnífero antes de la visita de la policía? Podría jurar que sí pero no estaba segura a ciencia cierta. Nuevamente aquel temor la invadió. Una vez más no podía discernir lo que había hecho anteriormente. ¿Se había tomado el somnífero o era solo producto de su imaginación? Angustiada, se fue para la cama y se cobijó entre las sábanas. Iba ganándole el sueño cuando, de repente, un pensamiento hizo que se sobresaltara. Se incorporó. Estaba sudando y comenzaba a jadear. ¿Sería posible que aquello fuera cierto?  ¿O nuevamente era su mente la que le jugaba una mala pasada y le hacía imaginar cosas que, en realidad, no habían sucedido? Fuera como fuere, aquello tenía que ponerlo en conocimiento de John Mackenzie. Si lo que recordaba era cierto, podría estar en posesión de una valiosísima pista para esclarecer  por qué Cristina Nieto había ido hasta aquel pueblo y, sobre todo, por qué conocía la identidad de su sobrina y la dirección en que vivía.

 

Mario Pestano (atleta): “Veo el panorama muy jodido, pero ya nacionalizaremos a alguien”

mario pestano

Es canario y tiene 37 años. Atleta, puede presumir de ser plusmarquista nacional de disco. Cuando no está entrenando, se entretiene con la pesca con mosca artificial y asegura que le encanta “estar perdido por las montañas en un mes de octubre,  metido en medio de un río sigiloso, con solo el ruido de los pájaros y el sol poniéndose”.

Aashta Martínez: ¿Por qué se perdió el Mundial de Atletismo de Pekín de este año?

Mario Pestano: Sencillamente, por una lesión cervical. El deporte es así y las lesiones surgen en los momentos más inoportunos. Una veces puedes lidiar con ellas, pero otras son contundentes. Y esta, este año, lo ha sido.

A.M.: ¿En qué piensa cuando ve el disco volando?

M.P.: Sé perfectamente si será o no un buen lanzamiento. Lo que pasa por la mente es todo un cúmulo de sensaciones propioceptivas, datos y percepciones, que dan como resultado un momento maravilloso para nosotros, los lanzadores, que es el ver volar el disco muy lejos. O simplemente datos que retienes para mejorar en el siguiente lanzamiento. En el primer caso es como un gran orgasmo lleno de satisfacción.

A.M.: “El día que tenga 35 años mi cuerpo habrá cumplido 50”. ¿Por cuántos años calcula que va usted ya?

M.P.: Pues tengo 37, digamos que voy por 52, [risas]. Durante más de veinte años le he exigido al cuerpo más  del cien por cien cada año, sin descanso, año tras año. Eso es el deporte de élite y, como es normal, todo eso se paga, pero no nos arrepentimos. Lo hacemos por el amor que le tenemos a la disciplina a la que nos dedicamos.

A.M.: Tienen fama de acomodados los atletas…

M.P.: Eso no es cierto, y da una visión distorsionada de lo que es el mundo del atletismo. De todas formas, esa frase la dice aquella persona encargada de que el sistema funcione y no nos acomodemos. Es decir, menos hablar y más hacer.

A.M.: Dice que los medios atacan a los atletas para ir en contra del sistema. ¿Somos el lobo feroz?

M.P.: No, en absoluto. Sin ustedes sería mucho más complicada la cosa de lo que está y siempre es de agradecer vuestro trabajo. Siempre. Pero sí es real que las relaciones de esta institución y algunos medios de comunicación están bastante deterioradas. Necesitamos sabia renovada, por ambas partes.

Otra cosa que no podemos comprender es que los periodistas deportivos, que están conviviendo con nosotros y son conocedores de la dificultad que entraña el atletismo, saquen titulares desvirtuadores, incomprensibles y duros para nosotros cuando hay una gran competición. Hay muchas formas de escribir un titular de una noticia, por muy mal que lo hayas hecho. ¡Y hay que enseñar a las personas a valorar cualquier actuación deportiva!

A.M.: ¿Le da el atletismo para vivir?

M.P.: El atletismo desde hace años me cuesta el dinero a mí, pero por encima de esto está mi reto personal. Y esa es la realidad.

A.M.: “Yo no cotizo a Hacienda, cobro una beca, el ADO, y no estoy sujeto a la tributación normal”. Veo que me ha salido quejica…

M.P.: Quejica, no. Reivindico una situación desastrosa para cualquier deportista profesional. Imagínate que llevas veinte años trabajando, y ni un solo día cotizado. Algo te quejarías, ¿verdad? Has dedicado toda una vida a este trabajo, has pagado todos tus impuestos y ahora que acaba mi vida deportiva, con una mano delante y otra detrás. No sé qué te parece, pero para mí es aberrante.

A.M.: “Que el Pestano lleve diez años entre los diez mejores del mundo es un milagro”. ¿De quién es obra?

M.P.: Mía. Creo en mí, en mi tesón, sacrificio, perseverancia, valores que te inculca el deporte, valores con los que he crecido… Por supuesto siempre he sabido rodearme de un gran equipo multidisciplinar que me han ayudado enormemente. ¡Y ya llevo quince!

A.M.: Hablando de obras, ¿cuál considera que ha sido su mayor logro deportivo?

M.P.: Mi récord de España. Pero mi gran obra aún no ha terminado. Quiero tener cuatro Olimpiadas en mi vida deportiva. No creo que muchos atletas las tengan. Y menos atletas canarios. Aun así, mi mejor logro deportivo es seguir estando ilusionado con lo que hago.

A.M.: ¿Ya piensa en lo que vendrá después  de todo esto?

M.P.: Mi última temporada será 2016, con el objetivo puesto en Río. Luego estoy seguro de que quiero seguir ligado al mundo del deporte pero desde el otro lado. Quiero convertirme en empresario del Deporte y la Salud.

A.M.: Comenta que para hacer un buen lanzamiento hacen falta equilibrio, velocidad y fuerza. ¿Con qué político actual me relacionaría cada una de esas cualidades?

M.P.: Por hacer un símil… creo mucho en Fernando Clavijo.

A.M.: Hace un tiempo le oí decir que tenía un problema a nivel psicológico, originado por los continuos resultados negativos en Mundiales. ¿Encontró remedio?

M.P.: Sí, ahora trabajo para que todos mis resultados sean siempre positivos.

A.M.: ¿Hay mucho tramposo en su deporte?

M.P.: Por lo visto no dejan de aparecer. ¡Por algo será!

A.M.: ¿Quién es el vigente plusmarquista mundial de la marrullería?

M.P.: Todos y cada uno de ellos por igual, tienen la misma condición. Han estado jugando en una liga con muchísimas más ventajas. Por lo tanto, deben ser castigados.

A.M.: ¿Hay vida después de Mario Pestano?

M.P.: Veo el panorama muy jodido… Pero bueno, ya nacionalizaremos a alguien. No hay problema. Esta disciplina es muy muy complicada. La captación de talento es nula, se trabaja de forma altruista, y que salga un atleta bueno es fruto de la casualidad y del amor por el atletismo de algunos entrenadores pirados que dedican más tiempo a sus atletas que a sus propias familias, y sin estar suficientemente retribuidos, por supuesto.

 

 

 

Capítulo V: La verdadera historia de Cristina Nieto

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Por lo general, un buen café con leche y un trozo de bizcocho recién horneado era suficiente para que John pudiera comenzar el día como era debido. Pero aquella fría y lluviosa mañana nada, ni siquiera aquel bizcocho que Olga había hecho la tarde anterior con tanto cariño y esmero, lograron satisfacerle. Tras dejar el café a medio tomar y el bizcocho en el plato casi intacto, John se despidió de su esposa y salió a la calle rumbo a la jefatura de policía. En efecto, tal y como había predicho Jeremías la noche anterior, hacía frío y comenzaba a llover. Se maldijo cuando, a mitad de camino, comenzó a llover débilmente, lo que le obligó a acelerar el paso. Comenzaba a llover fuertemente cuando cruzó el umbral de la puerta de la jefatura de policía. Dentro del edificio, en cambio, hacía un calor tan abrasador que se vio obligado a desprenderse de cuanta ropa de abrigo llevaba puesta. Ordenó a la muchacha de la limpieza que bajara la calefacción y entró en su despacho. Encendió su ordenador, se desabotonó los puños de la camisa y se remangó las mangas hasta los codos. Estaba cansado y detestaba tener que trabajar en aquellas condiciones. Pero resultaba que había habido un asesinato y su labor era esclarecer aquel caso. Una llamada de teléfono lo sacó de su ensimismamiento. Al otro lado de la línea su secretaria le comunicaba que Mario, el alcalde, quería hablar con él. John puso los ojos en blanco y le pidió a su subordinada que le dijera que más adelante se pondría en contacto con él. Por nada del mundo le apetecía hablar con aquel imbécil a quien le quedaba grande el cargo de alcalde.

No había colgado aún el teléfono cuando Carlos entró en su despacho. A juzgar por su semblante había dormido mucho mejor que él, ya que no pudo divisar en su rostro el más mínimo atisbo de cansancio o fatiga. Sin lugar a dudas, se estaba haciendo mayor, pensó con tristeza John.

            Buenos días, jefe. Aquí le traigo los resultados de la autopsia.

            Carlos dejó caer sobre el escritorio que lo separaba de su jefe una carpeta repleta de folios. En lugar de leer aquella palabrería repleta de tecnicismos y frases enrevesadas, John optó por la sencilla explicación de su colega. Más adelante leería el informe con más detenimiento.

            Apuñalada. Dos veces. La primera puñalada causó daños superficiales. Fue la segunda, directa al corazón la que le provocó la muerte casi inmediata. Pero lo que más me interesa que leas es esta información acerca de la víctima.

            Aquellas palabras lograron atraer la atención de John que, por unos instantes, olvidó por completo la sensación de pesadez y cansancio que lo embargaba.

            He logrado hacer algunas averiguaciones sobre Cristina. Si queremos resolver este caso, es imprescindible conocer un poco más a la víctimaopinó Carlos. John asintió mostrando su acuerdo.

            Cristina  Nieto comenzó a explicar Carlos rebuscando entre los papeles de una segunda carpeta  tenía 62 años. Procedía de una familia muy importante en la década de los setenta. Su padre, Cristóbal Nieto, fue un importante industrial de la zona que logró amasar una gran fortuna. Durante años la familia gozó de una sólida posición económica y una gran reputación en la sociedad española. En los años noventa, Cristóbal enfermó y murió dejando como heredera universal a su hija. No tenía más descendencia que Cristina. Como era lógico, Cristina asumió el control de la empresa familiar, lo cual supuso el comienzo del fin de aquel imperio.

            Creo recordar haber leído algo en la prensa. ¿Acaso estás hablando de Industrias Nieto? Fue un caso muy mediático a finales de los noventa. Toda la cúpula directiva se vio involucrada en uno de los mayores escándalos de corrupción y fraude que jamás se haya visto en este país. Tráfico de influencias, blanqueo de capitales, evasión de impuestos…. En fin, toda una colección de delitos la mar de interesantes.

            Y Cristina Nieto fue la cabeza de todo aquello. Ella y su marido Daniel Camacho prosiguió Carlos. Cuando todo quedó destapado, las empresas Nieto, o lo que quedaba de ellas, quedaron en la ruina. Los inversionistas le dieron la espalda, la nueva junta directiva fue incapaz de hacer frente a la situación y la ruina les sobrevino. Adelaida Martínez, la madre de Cristina, se vio en la calle de la noche a la mañana. Tuvo que vender todas las propiedades que tenía y trasladarse a un humilde barrio en las afueras de la ciudad. Por su parte, Cristina y Daniel fueron condenados a veinte años de prisión. Al parecer, Daniel murió en la cárcel hace unos años víctima de una pulmonía, Adelaida se encuentra ingresada en una residencia de ancianos aquejada de Alzheimer y Cristina Nieto salió de prisión hace justamente tres meses.

            Todo esto me parece muy interesante. Pero ¿cuál es la relación de Cristina con nuestro pueblo? ¿Cómo encaja ella aquí?

            Carlos miró con ojos chispeantes a su jefe. Esbozó una tímida sonrisa que, al parecer, pasó desapercibida para John.

            Hay un vínculo entre Cristina Nieto y nuestro pueblo, John.

            El inspector abrió los ojos como platos aguardando ansioso saber cuál era aquel vínculo del que hablaba Carlos.

            El abogado que defendió en el juicio a Cristina trabajó en Grupo Alarcón.

            ¡Que me aspen si lo que estoy pensando es cierto! ¡Es ese el bufete de abogados donde trabaja Teresa Aguilar!

George Stover, el obrero del cine (B)

George Stover
El actor americano George Stover

Febrero de 2012. Un sábado cualquiera en Towson, en el condado de Baltimore. George regresa de una noche de fiesta y, al llegar a casa, se encuentra con la desagradable sorpresa de que alguien ha entrado en su domicilio a robar. Al abrir la puerta, ve que hay un chico en el interior de la escalera. El ladrón lleva puesta una máscara de nieve y le apunta con un arma. Sin pensarlo dos veces, roba algo de dinero y le dispara en el cuello antes de marcharse, dejándole malherido. El delincuente coge las llaves del coche de George y se introduce en él, pero no puede arrancarlo porque el vehículo tiene un cepo en el volante, así que decide escapar a pie. Podría parecer el argumento de una película de serie B, de esas cintas surrealistas y con personajes estrambóticos en las que tantas veces ha participado George, pero se trata un suceso real. Afortunadamente para él, todo quedó en un (gran) susto.

George Stover es un obrero del cine. Siempre ha jugado, y a mucha honra, en la tercera división de la ‘liga’ cinematográfica. Con el tiempo, se ha convertido en una leyenda del cine de serie B. Pocos pueden decir que se han puesto a las órdenes de cineastas como John Waters, Fred Olen Ray o el desaparecido Don Dohler. A sus 69 años, este marylandés puede presumir de ser uno de los reyes de la interpretación en películas de ciencia ficción y horror de culto. Natural de Towson (Baltimore), Stover comenzó su carrera haciendo anuncios de televisión para cadenas locales y actuando en las primeras películas de John Waters, antes de que este se convirtiera en una celebridad. Como dato curioso, también ha tenido una prolífica carrera como publicista en muchas revistas.

Comenta que se aficionó al cine a una edad temprana, pero que no tomó sus primeras clases de teatro e interpretación hasta que entró en la universidad. Después de su graduación, Stover actuó en teatro comunitario y, en 1974, debutó en el cine de la mano de Waters, con su conocida película Cosas de hembras, donde interpretaría al capellán de la prisión que acompaña a la mítica Divine a la silla eléctrica.

Poco después de eso, debutaría en la película de ciencia ficción The Alien Factor (1978), dirigida por Dohler, especialista en narrar invasiones de monstruos variopintos. La cinta, que se convertiría en la primera película de ciencia ficción jamás rodada en Maryland, narra la historia de una panda de monstruos extraterrestres que aterrorizan al pueblo de Baltimore después de que la nave espacial en que viajaban aterrice en las cercanías de la ciudad. Gracias a esos primeros trabajos en las comedias de Waters y los largometrajes de ciencia ficción y horror rodados junto a Dholer, Stover comenzó a labrarse una carrera estable como actor de reparto. Haciendo honor a su fama de señor elegante y educado, no duda en señalar que guarda un grato recuerdo de ambos cineastas y destaca de ambos su profesionalidad, cortesía y también las ideas claras a la hora de rodar una película.

Aunque muchos desconocen este dato, durante décadas, Stover compaginó su labor como actor con un puesto en el Gobierno de Maryland. De esta forma, pudo gozar de la estabilidad y los beneficios de trabajar para el gobierno, y del placer que le reportaba la interpretación y esa posibilidad de meterse en la piel de personajes inusuales, interesantes y, en ocasiones, excéntricos. Es más, muchas de las películas en las que participó fueron filmadas pero jamás se estrenaron comercialmente. Directamente salieron a la venta en vídeo. Otras, simplemente se quedaron a medio hacer.

Si tiene que decantarse por un género, lo tiene claro: “la ciencia ficción y el terror son los géneros en los que más disfruto trabajando”. Sin embargo, no le hace ascos a nada y se ha embarcado en proyectos muy diferentes entre sí. Comenta, de forma divertida, que a lo largo de su carrera tan solo ha tenido “escenas de besos” en dos películas, y fue en Nightbeast (1982) y en Blood Massacre (1991), ambas dirigidas por Dohler. “En la primera, el personaje estaba borracho en el momento en que ella me besaba. Y en la otra, tuve una escena de besos, pero la mujer era una psicópata. Así que realmente no creo que yo esté hecho para papeles románticos tampoco”, apunta con humor.

Hoy día, Stover, que está soltero y no tiene hijos, vive tranquilo en su Towson natal, a poca distancia del  cementerio de Prospect Hill, al norte de Baltimore, donde Divine está enterrado. A sus 69 años, es un jubilado trabajador del gobierno estatal, que, sin embargo, continúa actuando en multitud de películas poco convencionales. Un artista incombustible, con un gran sentido del humor y una forma de hablar que rezuma elegancia y respeto.

¿Recuerda qué quería ser cuando era niño?

Cuando era joven, realmente no sabía lo que quería hacer para ganarme la vida. No sentía ningún deseo particular por hacer algo concreto. Yo sólo quería tener un trabajo que fuese seguro. Y nunca he sentido ninguna pasión por estar involucrado en un campo en particular. Ni siquiera participé en mi primera obra de teatro hasta que llegue a la facultad. Muchos de mis amigos a quienes les gustaba la actuación habían participado en varias obras ya durante su etapa en la escuela secundaria. Pero supongo que yo fui una flor tardía.

¿Cómo empezó su carrera?

Después de graduarme en la universidad, actué en algunas obras de teatro a nivel local. Aparecí en un par de anuncios comerciales locales, pero creo que eso sucedió después de que empezase a trabajar con John Waters y Don Dohler.

Hablemos de Waters y de su primer encuentro con el cineasta. Leí en una entrevista suya que vio en un periódico un artículo en el que se mencionaba que John tenía problemas para encontrar actores que interpretasen papeles ‘conservadores’ como el de padres o maestros, ya que la imagen de la mayoría de sus amigos era un tanto peculiar. Así pues, decidió ponerse en contacto con él y acabó contratándole para interpretar al capellán de Cosas de hembras….

Originalmente, conocí a John Waters cuando estábamos en el aula de octavo grado en Baltimore. Creo que en ese momento él estaba haciendo espectáculos de títeres. Nunca estuvimos juntos en las clases, pero me acuerdo de hablar con él de vez en cuando en el salón hogar por la mañana. A menudo, hablábamos sobre el episodio de La dimensión desconocida que habían emitido en televisión la noche del viernes anterior. Con el tiempo, nos perdimos la pista mutuamente, pero de vez en cuando yo solía leer sobre un cineasta local llamado John Waters en los periódicos. Pero nunca estuve seguro de si era el mismo John Waters que yo había conocido en la secundaria.

Las dos primeras películas en las que participó como actor fueron Cosas de hembras (1974) y Vivir desesperadamente (1977), ambas dirigidas por Waters y la primera de ellas protagonizada por Divine. ¿Cómo era trabajar con el conocido actor?

Divine era muy profesional y también fue bastante divertido. Me llamaba ‘Padre’ entre tomas durante el rodaje de Cosas de hembras. Pero, por desgracia, nunca hablamos largo y tendido.

¿Y cómo era Divine fuera del set de rodaje?

Sólo le vi una vez fuera del set, y fue durante la reunión mantenida con el elenco de la película antes de empezar a rodar. Era una persona muy agradable, por lo que recuerdo. .

¿Cuál cree que es su impacto más perdurable?

Bueno, parece que ha sido un pionero para todas las personas gays que había ahí fuera, pero que aún no habían salido del armario. Divine no sólo fue capaz de salir del armario, sino también de hacer una carrera exitosa. Y no sólo como hombre gay, sino también como un hombre gay que se caracterizaba como mujer de forma profesional.

¿Está sorprendido de que aquellas primeras películas que realizaron siendo casi adolescentes hayan tenido una vida perdurable tan increíble?

¡Realmente lo estoy! A menudo la gente me escribe a través de Facebook. Muchos son capaces de recitar líneas de diálogo de Cosas de Hembras y Vivir Desesperadamente.

¿Cómo fue trabajar con John?

John era muy tranquilo y agradable. Y también muy profesional; sabía exactamente lo que quería en la película. Nunca presencié ninguna muestra de mal genio. Tuve partes con diálogo en las dos películas que te comentaba antes, pero mi diminuto papel de discurso en Polyester terminó en el suelo de la sala de montaje. Pero, al igual que con mi papel sin discurso en Hairspray, estoy enumerado en los créditos finales de la película. Mi papel extra en Cry-Baby, sin embargo, no está en los créditos de la película.

¿Cómo fue rodar aquellas primeras películas? ¿Sabía en lo que se estaba metiendo?

Nunca tuve la oportunidad de leer los guiones en su totalidad por adelantado. Solo la parte de las escenas en que me encontraba. Pero basándome en lo que había leído acerca de John en los periódicos, yo sabía que no iba a estar en una de esas típicas comedias que salían de Hollywood. John recibió mucha publicidad local, así que en cierto modo sabía lo que me podía esperar.

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Los actores George Stover y Divine, en una escena de la película Cosas de hembras (1974).

 

¿Cuánto tardo en rodar Female Trouble?

Las escenas en la prisión se rodaron en unas pocas horas un domingo. Más concretamente, ese día fue el 31 de marzo de 1974. Creo que ese fue el último día de rodaje. No sé cuántos días o semanas habían estado grabando antes de rodar la escena de la prisión.

Hábleme de su experiencia en el set de rodaje…

Recuerdo que todos los que estuvieron involucrados se reunieron antes de la sesión, a un par de millas de distancia de la prisión, donde nos cambiamos el vestuario. Entonces, formamos varios coches compartidos y condujimos hasta la prisión. Los guardias hicieron a cada uno abrir el maletero de sus coches para inspeccionarlo. Una vez que estuvimos dentro, fuimos a un bloque de celda vacía para el rodaje. Una vez instalados allí, todo salió muy bien. Según tengo entendido, el director del lugar era uno de los más jóvenes en el país, por lo que era una especie de hombre a la última, y estaba dispuesto a dejar que grabásemos en la prisión. Fue un día divertido.

Después rodaría Vivir desesperadamente (1977), donde interpreta a Bosley Gravel, el marido de Mink Stole que es asfixiado hasta la muerte por la criada de la familia, interpretada por Jean Hill…

Todas mis escenas en Vivir desesperadamente fueron filmadas en un día, en la casa de los padres de John. Sin embargo, tuve que regresar una semana más tarde y repetir algunas tomas. Recuerdo llegar temprano y esperar mucho tiempo porque John filmaba en ese momento las escenas con los niños jugando y aquella en la que Mink está al teléfono y mirando por la ventana.

Fue un placer trabajar con Jean (Hill) y Mink. Jean era tan graciosa. Ella siempre estaba alegre y decía cosas divertidas. Filmamos la escena de mi muerte al final. Creo que John quería tener el resto de mi metraje en su poder, por si acaso ella me mataba realmente. Recibí veinticinco dólares por participar en esta película.

Y también interpretó a un reportero en Polyester (1981). Sin duda, esta película parecía bastante más profesional, al menos desde el punto de vista técnico…

Bueno, el presupuesto fue mayor para Polyester y, además, se rodó en 35 milímetros, en lugar de 16 mm. Tuve una pequeña parte sin guión, que fue cortada. Sin embargo, tuve título de crédito por mi parte no hablada como reportero entre esa multitud de personas.

¿Por qué fue eliminada esa escena?

John me dijo que la escena estaba incluida en una edición anterior pero que después de verlo, la gente de la productora New Line Cinema pensó que había demasiados gritos en la escena.

Y después vendría Hairspray (1988), que por cierto fue su última película con John.

En Hairspray tenía un papel sin diálogo, pero llegué a conocer a Buddy Deane en mi escena. Buddy tenía un show de televisión de baile en Baltimore unos años antes y fue la inspiración para Corny Collins. Además, conocí a la cantante Ruth Brown en el set de rodaje y conseguí echarme una foto con ella, y con Buddy también. En Cry-Baby fui un extra ‘pagado’.

Por lo que veo, percibió una pequeña retribución por participar en todas esas películas. Supongo que todos ustedes tendrían otra profesión en esa época…

Mi primera película con John fue Cosas de hembras y creo que para ese momento yo ya había empezado a trabajar para el gobierno estatal de Maryland. Edith Massey tenía una tienda de segunda mano. Creo que Mink tuvo una tienda en el pasado. Si no recuerdo mal, Mary Vivian Pierce era camarera y también trabajaba con caballos. Creo que Susan Lowe enseñaba arte y era una artista en sí misma.

¿Cómo fue lo de trabajar para el gobierno estatal?

He trabajado para el Gobierno de Maryland durante casi treinta años. Fue un poco aburrido, y se hizo más y más burocrático a medida que pasaban los años. Pero tenía sus cosas buenas en cuanto a la estabilidad y la flexibilidad horaria. Es difícil ganarse la vida en el mundo de las artes, por lo que fue siempre parte de mi plan B para tener un trabajo seguro.

¿Por qué decidió dejar de trabajar con Waters?

Bueno, en sus primeras películas yo sabía que sus papeles principales irían a parar a Divine y Mink Stole, y así sucesivamente. Pero después de Vivir desesperadamente, sus presupuestos aumentaron y, en cambio, mis papeles se hicieron más pequeños. A partir de Polyester, y después en el resto de sus películas, fue capaz de contratar a gente famosa para los papeles principales. Eso reducía mis probabilidades de haber conseguido un papel protagonista. Y, si bien es cierto que tuve un papel pequeño con guión en Polyester, esa escena fue eliminada. Y lo mejor que pude conseguir tanto en Hairspray como en Cry-Baby fueron papeles mudos.

A pesar de que trabajé como extra en películas de gran presupuesto al comienzo de mi carrera, yo ya no quería continuar siendo un extra. Así que desaparecí de la escena. Irónicamente, me pagaron más dinero por los papeles sin diálogo que hice que por mis intervenciones habladas. Eso quizás fue debido a que los presupuestos eran más grandes, y estos dos últimos largometrajes eran películas afiliadas a un sindicato, lo que significaba que había que pagar un cierto mínimo a los extras.

Pero John y usted se han seguido viendo después, ¿no?

No he sido invitado a ninguna de sus fiestas de Navidad desde algún momento de la década de los ochenta. Sin embargo, todavía me envía una tarjeta de Navidad cada año. Y me dejó un mensaje en el contestador automático cuando Jean Hill murió. La última vez que lo vi fue el año pasado cuando fui al velatorio de su madre, que había fallecido. John también se puso en contacto conmigo después de enterarse que un ladrón me disparó hace unos tres años. Así que nuestros caminos se cruzan de vez en cuando todavía.

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George Stover y Mink Stole, en Vivir desesperadamente (1977)

¿Cómo recuerda aquello del robo?

Por suerte, la herida de bala fue sólo un rasguñón y yo todavía estaba consciente. Llamé al 911 y la policía llegó muy rápidamente. Les di una descripción del tipo, y fueron capaces de localizarlo en el barrio unas horas más tarde. Me llevaron al hospital para recibir tratamiento, y fui dado de alta en unas doce horas. Este tipo era el niño del cartel para la comisión de libertad bajo palabra de Maryland. Está cumpliendo condena sin posibilidad de libertad condicional en este momento. Espero que se quede allí, y que nuestra comisión de libertad bajo palabra no encuentre excusa alguna para dejarlo suelto en algún momento en el futuro.

¿Cómo era su relación con el resto de actores de John Waters, los llamados dreamlanders?

Me llevaba bien con todos los que conocí. Sin embargo, no recuerdo quedar con David Lochary o Cookie Mueller, a menos que ese encuentro fuese algo breve. Tampoco recuerdo reunirme con Channing Wilroy, pero hoy somos amigos en Facebook. De vuelta en el tiempo, fui muy amigo de Edie, una persona muy dulce. Todavía me encuentro con Mink Stole y Susan Lowe de vez en cuando. Y Pat Moran me dio un papel como una víctima de asesinato en un episodio de la serie de televisión Homicide años después.

¿Ha visto el documental I Am Divine (Jeffrey Schwarz, 2013)?

Me gustó el documental, pero la única cosa que no me gustó fue que no me pidieron participar en él. Eso, ¡y que no apareciese en él ningún fragmento de mi escena en Cosas de hembras! [Risas] Pero al menos tengo mi foto en My Son Divine, el libro que escribió la madre de Divine. Por supuesto, el libro no tiene nada que ver con el documental, excepto que el tema de ambos es el mismo.

Hablemos de su trabajo con otros cineastas. Dice que su película preferida fue Attack of the 60 foot centerfold, dirigida por Fred Olen Ray. ¿Qué supuso para usted hacerla? Leí que, a pesar de estar ocupado con la película, Fred encontró el tiempo para mostrarme algunos de los lugares de interés turístico en Los Ángeles.

Participar en esa película significó para mí ir a California por primera vez en mi vida. Eso, y que iba a estar en una película hecha en California. A pesar de estar ocupado con la película, Fred encontró el tiempo para mostrarme algunos de los lugares de interés turístico de Los Ángeles. Fue financiada por la compañía del productor Roger Corman, algo que también significó mucho.

¿Cuál es la experiencia más divertida que ha vivido en un rodaje?

En cuanto a incidentes divertidos, no se me ocurre realmente nada gracioso ahora. Sin embargo, me pareció divertida, en cierto modo, la última escena mía en Vivir desesperadamente, y que fue cuando Jean Hill se sentó en mi cara. Es cierto, que era mi última escena en el guión, pero el rodaje de la historia en una película no siempre sigue un orden secuencial. Siempre he tenido la sensación de que mi escena fue rodada justo al final por si Jean Hill me hubiese llegado a ahogar de verdad. [Risas]. Si eso hubiera ocurrido, John ya tenía mis otras escenas en su poder, así que… ¡no me iba a necesitar más de todos modos!

¿Y aquella de la que guarda peores recuerdos?

Es fácil pensar en la peor historia en relación con un rodaje. Y eso fue una noche horrible cuando tuvimos una sesión toda la noche durante el rodaje de Blood Massacre. En una escena, tuve que colgarme boca abajo de un árbol con una gran cantidad de sangre falsa en mi cara. ¡Eso fue muy incómodo! La grabación duró toda la noche y no había ningún lugar para lavarme por la mañana. Así que me fui a casa con toda esta sangre falsa pegajosa en mi cara. Me alegro de no haber sido detenido por un agente de policía por alguna violación de tráfico, o hubiera tenido mucho que explicar.

¿Sabría decirme cuántas películas has hecho en su vida?

Eso es difícil de decir, ya que no sé si debería siquiera contar algunas de las que aparecen en la base de datos IMDb. Algunas de ellas sólo existen en el ordenador del productor y nunca han sido estrenadas. Otras nunca fueron terminadas. Y ni siquiera me gusta contar las películas en las que no tengo un papel con diálogo, aunque IMDb enumere dos de estas películas mías. Algunos de los espectáculos mencionados en esa base de datos son cortos y no cuentan como películas.

De todos los papeles que ha interpretado a lo largo de su carrera, ¿tiene un favorito?

Es difícil elegir un favorito. Cosas de hembras es uno de mis preferidos porque fue la primera película en la que tuve un papel con diálogo. The Alien Factor (1978) es también una favorita porque fue mi primera película de ciencia-ficción. Vivir desesperadamente es también una preferida porque me dio mi papel más grande en una película de John Waters. También me encantan Blood Massacre (1991) y President´s Day (2010), porque en ambas tuve que interpretar un papel que era muy distinto de los apacibles roles en los que normalmente me veo. Attack of the 60 Foot Centerfolds (1995) es otra de mis favoritas, ya que supuso la primera vez que actuaba en una película rodada en Los Ángeles.

¿En qué anda metido ahora?

Hace unas semanas estuve rodando Fiendish Fables (2016), dirigida por Brad Twigg. En los últimos meses también he estado produciendo algunos cortos y trabajando en el comentario de audio que irá incluido en la versión en Blu-ray de The Alien Factor que se lanzará a principios de 2016.

Hoy día, vive en Baltimore. ¿Cómo es su vida ahora? ¿Suele encontrarse alguna vez con la actriz Mink Stole o con John Waters, que tiene su oficina principal y una de sus casas allí?

Es un buen lugar para vivir, dejando a un lado el vandalismo. Tenemos cuatro estaciones en esta parte del país, por lo que si a alguien no le gusta un clima caliente, el calor va a desaparecer en unos pocos meses y el tiempo será bastante frío. Yo vivo en un barrio periférico, por lo que el delito no es tan malo por lo general. Mink Stole, John Waters y yo nos cruzamos cada dos años, más o menos.

¿Echa de menos esos días sin preocupaciones, en los que formaba parte del universo Dreamland

Sí, echo de menos los viejos tiempos, cuando estaba grabando Cosas de hembras y Vivir desesperadamente. Pero, como te comentaba anteriormente, a medida que los presupuestos de John aumentaban, mis papeles se volvían más y más pequeños, hasta que dejé de aparecer en sus películas por completo. Hoy en día, Hollywood se ha puesto al día con los chocantes valores presentes en las películas de John, y la producción de las películas de John es también cada vez menor.

¿Es cierto que es usted aficionado a coleccionar trenes de escala G y Z?

Sí, los trenes son una de mis muchas aficiones. Tengo un montón de trenes, pero estoy muy por detrás en la creación de los diseños actuales. Tengo un tren al aire libre de escala G, pero cada vez que doy dos pasos adelante, el tiempo y las malas hierbas me llevan a dar un paso hacia atrás.

La historia autorizada de una estrella del cine B

En solo unos meses verá la luz No Stopping The Stover, un documental sobre la vida y carrera de George Stover dirigido por Jeff Herberger y Lee Doll. “Conocí a George a mediados de los ochenta, en el set de rodaje de ‘Blood Massacre’. Yo era el cámara y editor original. Fue algo divertido porque George es un hombre educado y gentil, y tenía el papel de un asesino a sangre fría”, asegura Herberger, editor y cineasta con más de treinta años de carrera a sus espaldas.

La idea de rodar el documental surgió hace un años, cuando  Herberger y Doll  rodaban la película Ready for action, en la que George tenía un papel. A menudo hablaban de cómo el actor había pasado por la horrible experiencia de ser robado a punta de pistola y disparado en su propia casa, dándosele incluso por muerto. “Realmente es una historia de remontada increíble, a la que espero poder hacer justicia en este documental”, comenta Herberger.

En estos momentos, el trabajo se encuentra en fase de postproducción. Durante los últimos seis meses, su director ha grabado y adquirido veintiocho entrevistas de otros actores, productores, directores y amigos de George, y estas proporcionarán la columna vertebral de la película. Además, su director señala que también ha recopilado fragmentos “de casi cada papel” importante que el actor americano ha tenido desde la década de 1970.

Herberger se deshace en elogios a Stover. Le considera un obrero de la interpretación y un hombre de “enorme coraje”. También valora el hecho de que el actor tome cada papel que se le ofrece y dé siempre lo mejor de sí. “Es un sueño para los directores de cine. Es educado y humilde. Algo que sigo escuchando de los actores jóvenes es lo buen profesor del oficio que es”. Además, aplaude la longevidad de la carrera de Stover y califica ese hecho de ‘asombroso’. “Lleva casi cincuenta años actuando ahora, y muchos jóvenes cineastas están clamando a gritos por conseguir que George haga un cameo en una de sus películas”. Larga vida a Stover.